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Millenium es un exitoso tríptico de novelas policiales del sueco Stieg Larsson, que ya ha sido trasladado al cine ( Los hombres que no amaban a la mujeres , La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina y La reina en el palacio de las corrientes de aire ).
Este primer título es, básicamente, la investigación que un periodista, momentáneamente desocupado, emprende por encargo de un industrial multimillonario para desentrañar el misterio que envolvió la desaparición de su sobrina predilecta cuarenta años atrás.
El autor de la novela y el director del film se nutrieron en infinitas fuentes cinematográficas y literarias- para construir un relato donde difícilmente haya demasiados elementos creíbles pero, a la vez, se dota al asunto de una coherencia que lo convierte en material con el cual se logra una perfecta sintonía que hace de todo esto, materia absolutamente verosímil .
Las rocambolescas peripecias evocan al unísono a Ponson du Terrail pero también al racionalismo deductivo de un Conan Doyle así como a los duros de Raymond Chandler o Dashiell Hamett, sin olvidar a Agatha Christie. Semejantes opciones abren camino a un film evocador de los episodios casi centenarios de Louis Feuillade con Fantomas y Judex , sin soslayar rasgos propios del primer Fritz Lang y su Mabuse, el cine negro norteamericano de los 40 y 50 o modernos recursos de seriales televisivas, particularmente de Caso cerrado (Cold case).
En consecuencia, organizaciones secretas, ocultas situaciones familiares, historias paralelas, ejecución de la ley por mano propia, venganzas implacables y un triunfo de la justicia que aunque tardíamente llega, estructuran este film con añeja y marcada impronta de numerosos clásicos de las cinematografías productoras. (Del citado Lang a Benjamín Christensen pasando por Victor Sjöstrom).
Semejante pasticcio es ensamblado con asombrosa armonía. No olvida el cuidadoso diseño de personajes y pone en funcionamiento no pocas escenas de extrema violencia y sadismo, sexo incluido. Abundando ligeros toques de morboso humor negro que habrían hecho las delicias de Hitchcock.
Cual una pieza musical que avanza con impactante, sistemático y golpeteante ritmo (piénsese en el Bolero de Ravel), la historia dirigida por el sueco Niels Arden Oplev (con prolíficos antecedentes televisivos), progresa con perpetuos crescendos anecdóticos y visuales, estallando sobre sí mismos.
En cierto modo es cine policial a la antigua, con bienvenida ausencia de correrías automovilísticas y héroes jamesbondianos, sin desmedro de unas dosis de tensión y sostenido interés que únicamente un narrador de primera línea puede mantener sin aflojar un solo instante a lo largo de palpitantes dos horas y media.
No se trata de otra cosa que de una excelente intriga policial, estructurada sobre un andamiaje que lleva al paroxismo virtuoso y diversos antecedentes; esa es su originalidad lindera con la maestría.
Buenas costumbres (Easy virtue)
Gran Bretaña / Canadá 2008. Dir.: Stephan Elliot. Con: Colin Firth, Kristin Scott Thomas, Jessica Biel, Kimberley Nixon.
- Sonríe querida.
- Imposible, estoy muy triste.
- Simúlalo entonces, tú puedes, eres inglesa.
Este es (aproximadamente) uno de los diálogos iniciales de Buenas costumbres , ácido retrato del cinismo de las clases altas en la Gran Bretaña rural de los años 20 basada en Easy virtud , comedia que Noel Coward (1899-1973) escribiera en 1926 y ya fuera llevada al cine por Alfred Hitchcock en versión muda de 1928.
En la gigantesca mansión campestre confluyen los miembros de una aristocrática y acaudalada familia sacudida por el casamiento de uno de sus integrantes con una desinhibida norteamericana, paradigma del espíritu de los roaring twenties .
Cuanto sigue es un doble juego. Por una parte el aporte verbal donde el ácido, agudo y chirriante texto de Noel Coward, por instantes epígono del genial Oscar Wilde, deja al descubierto una sociedad asentada en simulaciones e hipocresías. Esas frases a su vez son puestas en boca de unos personajes a los que la cuidadosa dirección del australiano Stephan Elliott ( Las aventuras de Priscilla ) dota de un juego actoral, unas actitudes y gestos, fieles al irónico espíritu de Coward.
Semejante ejercicio de texto e imagen perfectamente ensamblados es convertido en desfile incesante de cuestionamientos y burlas hacia una sociedad preocupada por mantener enhiestas una moral y buenas costumbres absolutamente externas y fuertemente cuestionables.
Los refinamientos del humor inglés, tenue en apariencias, chirriante en definitiva, irrumpen constantemente más allá de alguna reiteración al promediar el metraje, al tiempo que la impronta cowardiana se reviste parcialmente del desparpajo y absurdo de las míticas comedias de los estudios Ealing. Si acaso podemos suponer una inspiración inherente a esos estudios donde se filmara esta realización.
Cuando Hitchcock rodó la primera versión, el obeso británico aún no era el maestro del suspenso. No obstante tuvo entre manos varios de los rasgos que luego signarían numerosas producciones por él dirigidas: rubia algo tonta y alocada en su perversa ingenuidad, hombres embaucados por la anterior, ambientes cuidadosamente recreados, y un sesgo policial que sin ser necesariamente el motor visible del relato posee su innegable gravitación; sin olvidar una dosis de amoralidad impuesta desde el guión y ratificada por la realización. Elliott, que jugó con otras hipocresías con su homosexual Priscilla , logra bienvenida empatía con Hitchcock y especialmente, por supuesto, con Noel Coward.
Disfrutable, como un five o clock tea servido en el momento oportuno.
La suerte de Emma (Emmas Glück)
Alemania 2006. Dir.: Sven Taddicken. Con: Jördis Triebel, Jürgen Vogel, Maik Solbach.
El oficinista gris y rutinario, aquejado de una enfermedad terminal, arriba casualmente a la granja de una hosca joven cuya amistad parece estar reservada exclusivamente a los animales especialmente los cerdos- de su establecimiento que posiblemente perderá a causa de viejas deudas.
Dos universos contrapuestos. La revelación de un primer mundo rural donde los rasgos inherentes al medio adquieren impensada rusticidad. Un retrato que bucea en los resortes emocionales de este hombre y esta mujer que irán descubriéndose mutuamente, a la vez que luchan contra un tiempo que, para ambos y por diferentes motivos, es despiadadamente breve.
El guión del cual es coautora Claudia Schreiber, autora de la novela original, en manos del realizador germano Sven Taddicken y con la sensible labor interpretativa de Treibel y Vogel abre paso a un film duramente realista y poéticamente romántico, áspero y tierno como la pareja protagónica. Así es La suerte de Emma , una de esas obras que sobriamente, rehuyendo los melodramatismos, habla sin concesiones de la fugacidad del amor y la vida. |