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MAESTROS UNA VEZ MáS JOEL Y ETAN COEN
Genial muestra de corrosivo y surrealista humor negro 
| 12.03.2010 07:00
Por A. Sanjurjo Toucon

Un hombre serio (A Serious Man)
EE.UU. / Gran Bretaña / Francia 2009. Dir.: Joel y Etan Coen. Con: Michael Stuhlbarg, Richard Kina Sari Lennick, Jessica McManus.
Los hermanos Coen acrecientan su capacidad de sorprendernos con esta pieza maestra, formidable exponente del humor judío en el cine norteamericano.
Ubicada en Minnesota -escenario ya abordado por los Coen con anterioridad- en el año 1967, esta es la historia de un profesor de matemáticas convertido en verdadero imán para las desgracias personales: su esposa le abandona, sus hijos no le dispensan atención, tiene problemas con sus alumnos y un largo etcétera de ribetes catastróficos.
Ello no redundaría en una propuesta novedosa, aunque divertida, a no ser por el desafío de los Coen al arremeter sobre costumbres judías y muy especialmente el comportamiento de los religiosos varios rabinos son figuras clave- y el propio ritual. Esta burla/crítica de ácidos ribetes solamente pueden permitírsela quienes pertenecen a la cultura judía ya que de otro modo sus autores serían pasibles de la catalogación de antisemitas.
Del mismo modo, quien pertenezca o esté interiorizado de lo referente al judaísmo, ya sea cultural y/o religioso, hallará significados y alusiones a los que el público goi no podrá penetrar.
Por cierto que delimitar los dardos de los Coen al judaísmo es parcializar ante un film cuyos cuestionamientos se expanden, sin referencias expresas, por sobre ritos y normas de toda religión. La suya es una realización acerca de prejuicios y tradicionalismos puestos en tela de juicio utilizando la óptica del humor.
El film no busca la carcajada aunque a veces arranca la misma- sino que se mueve en un ámbito sutil, mixtura de Woody Allen con toques de los Hermanos Marx.
Un elenco de figuras escasamente conocidas compone unos personajes judíos arquetípicos con lograda apoyatura en diálogos irónicos, actuando con frecuencia a modo de contrapunto de lo visual. Un choque, una ruptura entre cuanto se hace y cuanto se dice, cuyo propósito es incomodar a todo aquel que crea en la inmutabilidad de ciertos principios y comportamientos.
Si hay elementos allenianos estos son sometidos al alud surrealista de las vivencias marxianas . La combinación es brillante y auténticamente coeniana .
Estamos ante cineastas mayores que eligieron cuotas de bienvenida desmesura humorística sin por ello abjurar de lo muy real.
Un divertido prólogo y también numerosos momentos del film en sí, se manejan con estereotipos que parecen provenir de El judío Süss , panfleto cinematográfico alemán antijudío de Veit Harlan, de 1940. Únicamente a un judío puede permitírsele tal osadía.
Su acerado y acertado humor seguramente despertará controversias.


Nine una vida de pasión (Nine) EE.UU. Italia 2009. Dir.: Rob Marshall. Con: Daniel Day-Lewis, Marion Cotillard, Penélope Cruz, Nicole Kidman, Judi Dench, Sophia Loren.
Esta es una adaptación musical de 8 y 1/2 (Italia 1963), magnífico film del desbordante Federico Fellini.

Para quien conoce el 8 ½ felliniano se torna difícil, por no decir imposible, ver el film de Rob Marshall sin establecer comparaciones. Lo ofrecido es una copia tamizada por los cánones de Broadway y Hollywood.
La ausencia de inspiración de Fellini convertida en tema y motivación de 8 ½ , o sea en el propio film, es un referente constante cuando esas angustias son puestas en boca y mente de un Daniel Day-Lewis al que se convirtió en réplica física de Fellini, a diferencia de un Mastroianni al que se dotaba de semejanza solamente intelectual. Las mujeres italianas de Fellini (aunque hubiera actrices de otro origen) son suplantadas por arquetípicas norteamericanas de Broadway/Hollywood (aunque sean de procedencia internacional). La esencial italianidad felliniana ha sido mutada implacablemente.
En el plano musical predomina la rutina del Broadway más reciente, con canciones recitadas por solistas acompañados de coros efectistas y una música despersonalizada que tanto funciona con El fantasma de la ópera , Los Miserables o Miss Saigón . Los ritmos de este musical norteamericano no buscan las reminiscencias del felliniano Nino Rota, a excepción de aquellas secuencias donde los acordes del peninsular Andrea Guerra convierten a Nine en un pasticcio sonoro: la italianidad más la norteamericaneidad.
Dion Beebe fotografía muy bien, evoca a Di Venanzo en las secuencias en blanco y negro, y no lo hace mal, mientras en las escenas en color retoma la iluminación que tanto le rindiera en Chicago ; film igualmente referencial también dirigido por Marshall. En Chicago como en Nine el espléndido montaje, al cual el realizador no es ajeno, hace bailar a quienes no bailan.

Visualmente Nine es envolvente (envuelta para obsequio), y el elenco esencialmente femenino posa para ser bien fotografiado (muy sexy además). En el reparto irrumpen solamente un par de figuras con sustancia de donde asirse y talento para exponer: Day-Lewis y la británica Judi Dench. De desconocerse la obra felliniana, este musical no sobrepasaría la condición de producto vistoso y escasamente sustancial; acaso algo incomprensible en su planteo.
Los exteriores romanos con sus plazas y fuentes tipicamente fellinianos, las escensas en Cinecittá (pudieron reconstruirse en otro sitio pero se filmaron allí), aportan un alud de subjetividad imprescindible para dar consistencia a una propuesta superficialmente norteamericana. Aunque rodada en los muy británicos estudios Shepperton, en los mussolinianos Cinecitta y en otros lugares de Gran Bretaña e Italia.
Estamos ante un típico musical norteamericano. De Fellini, la caparazón. Pastasciutta con ketchup .

Un sueño posible (The Blind Side)
EE.UU. Dir.: John Lee Hancock. Con: Sandra Bullock, Quintan Aaron, Jae Head, Kathy Bates.
Dentro de la prolífica historia del cine norteamericano (que ha dado numerosísimas obras maestras) es difícil hallar un film más falso e hipócrita que Un sueño posible (una de las diez candidatas al Oscar de este año; felizmente no ganó).
La familia hermosamente blanca y millonaria, un matriarcado comandado por la rubia (la tintura todo lo puede) Sandra Bullock, burla los prejuicios propios de su medio y acoge como si fuera un hijo (según definición de mi tía Clota) a un muchachón negro, de 17 años y físico gigantesco, proveniente de tugurio de afroamericanos.
Mamá, anodino papá y hermanitos (uno de cada sexo para no discriminar a nadie) se desviven por este hosco adolescente con innegables problemas de conducta hasta lograr hacer de él uno más de los miembros del núcleo familiar. Una circunstancia que seguramente será habitual para habitantes de Harlem y otros ghettos negros.
Es que el muchachón se granjeará un lugar en el corazón de cada uno y un puesto en el equipo de fútbol americano de su colegio merced a nobles condiciones deportivas: es una especie de bestia irracional ideal para las exigencias de ese deporte.
Como también suele ser habitual, esta familia wasp obsequia una 4 x 4 a su buen negrito.
La enumeración de imposibles podría continuarse hasta el infinito y solamente la contemplación del film da real dimensión de sus ofensivos dislates.
Esta imagen generalizada de la colectividad afroamericna y su relación con los buenos (y superiores) blancos no es ajena al racismo más o menos encubierto (claro, está Barack Obama para que nadie crea que no existen excepciones; a su vez el film se basa en un caso real).
Si éticamente Un sueño posible es reprobable por su latente racismo, esto no le invalidaría. Baste recordar que El nacimiento de una nación (1915) de David W. Griffith es una cumbre del cine con exaltación del Ku-Klux-Klan incluida. Un sueño posible es formalmente un ejemplo de mediocridad narrativa, fiel a los más convencionales modelos de un Hollywood obsoleto.
La bufonesca Sandra Bullock obtuvo el Oscar a Mejor Actríz derrotando a las estupendas Carey Mulligan (Enseñanza de Vida) y a la aforamericana Gabourey Sidibe (Preciosa). Todo es posible.





 

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