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LO IMAGINARIO, LO REAL UN MISMO UNIVERSO
Grandezas y miserias del alma humana en dos excelentes títulos del cine rioplatense 
| 23.07.2012 00:00
Por A. Sanjurjo Toucon

El último Elvis (El último Elvis). Argentina 2012 Dir.: Armando Bó. Con: John McInerny, Griselda Siciliani, Margarita López.
Unas pocas, espléndidas y elocuentes imágenes, y un par de breves líneas de diálogo, no solamente establecen quien es quien en esta historia, sino que testimonian la capacidad de síntesis y el dominio del lenguaje cinematográfico de Armando Bó, exitoso realizador de cine publicitario, debutante en el largometraje, nieto del recordado director homónimo, e hijo de Victor, actor y productor que aquí vuelve a ejercer esa última función.
Carlos Gutiérrez (John McInerny) es obrero de una fábrica de electrodomésticos en Avellaneda (prov. de Buenos Aires), está separado de su mujer con la que tiene una pequeña hija. Imita a Elvis Presley, ofreciendo recitales en clubes, fiestas particulares y en el geriátrico donde está internada su madre. No solamente imita al cantante de Memphis, sino que establece con este una especial mimesis. Su hija lleva el mismo nombre que la de Elvis, a su mujer llamada Alejandra la bautiza Priscilla, come los mismos sándwiches que su ídolo y vive intensamente esa imposible ambición de ser Elvis.
Un accidente en su familia le obliga a asumir su eludido rol de padre, trayéndole transitoriamente a una realidad que pronto se encargará de esquivar, refugiándose en ese mundo existente en su fantasía.
El realizador Bo, consigue de sus intérpretes femeninas (Griselda Siciliani y la pequeña Margarita López) una refinada construcción de personajes que, siempre con escasos diálogos, surgen de un juego de actitudes y miradas precisamente registradas, con el debido énfasis aportado por el cuidado montaje del film.
Dominio de la dirección de actores que en lo referente al personaje central, ese Elvis/Carlos, tiene otro singular componente. John Mc Inerny, un arquitecto de la ciudad de La Plata, admirador y formidable imitador de Elvis, es a la vez un actor sensible, que extrae de ese gordo sudoroso y ligeramente desagradable, la fragilidad y ternura de un ser ingenuo, condicionado por su devoción hacia un mito y una época que ya son historia. Una época y una música ajenas a las generaciones actuales, como se desprende del comportamiento de la hija.
Quizás por su formación en el cine publicitario, Bo cuida particularmente de la belleza de las imágenes y la elocuencia de las escenografías. Viviendas cochambrosas, un cementerio de elctrodomésticos, el sucio bar del que hasta parece sentirse su agrio olor, son el ámbito reflejo de los protagonistas.
Si el obrero de Avellaneda desea parecerse a Elvis, se siente Elvis, fuera de la pantalla y seguramente con un entorno menos dramático, a McInerny le ocurre otro tanto. Juego de espejos paralelos entre el fuera de la pantalla real y la ficción abordada. El homenaje al cimbreante hombre de las patillas que en los 50 alborotara a fans hoy añosos, está entre las propuestas del film. No se trata empero de una sucesión de canciones enlazadas por una historia, sino de la integración, la necesaria presencia musical como indisoluble partícipe del relato. Canciones que irrumpen en sincronía o no con la imagen, ya sea ilustrandola o convirtiéndose en contrapunto dramático. Elaborado uso de música y sonidos que no desconoce el valor de los silencios.
Las imágenes, especialmente en los recitales, adquieren la poderosa fuerza y belleza de los mejores registros documentales de eventos canoros, jugando con los contraluces, aislando al cantante, haciendo que el film sea también un recital de ese John McInerny que en 2005 creara el show Elvis vive .
Un film que sabe muy bien que se propone y lo logra plenamente. Otro exponente de un cine argentino atravesando un período de grandes films, como quizás nunca hubo en su prolífica historia.

El casamiento (El casamiento). Uruguay 2011
Dir.: Aldo Garay. Con: Julia Brian, Ignacio González.
Aldo Garay (1969) logra una obra que le convierte en maduro y sensible dramaturgo, y lo hace con un relato documental donde los hechos necesariamente reconstruídos le aproximan al más riguroso cine de ficción.
Esta es una historia de amor y soledades, de seres que simulan lo que no son y en su fuero íntimo, sus actitudes rupturistas, no hacen sino perseguir valores burgueses tradicionales.
Ignacio González, cuidacoches, de 75 años, ex obrero de la construcción del que no se brindan más datos, y Julia Brian, algo menor, ex travesti, operado y convertido en mujer, cuentan, brevemente, que la mutua soledad les unió un 24 de diciembre, cuando se encontraron en una plaza.
Cuanto sigue es la aproximación a través de cuidadas y sensibles imágenes, de la vida cotidiana de ambos. Su mutuo amor conyugal, firme en medio de la sórdida pobreza que la cámara de Garay torna poética en su desolación, igualmente firme cuando alcanzan la seguridad de la vivienda digna, vislumbrando el casamiento a modo de legitimadora conclusión.
Todo ello obligó a Julia e Ignacio a re-interpretarse, a actuar para hacer visiblemente palpable su relación, asentada en sentimientos que brotan de lo trivial y cotidiano: la limpieza hogareña, la cocina, el cuidado de los animales domésticos (sustitutos del hijo biológicamente imposible), el trabajo e incluso la enfermedad. Garay selecciona cuidadosamente cada escena, enfatiza, subraya y embellece con encuadres, montaje y el uso del color (donde contó con excelentes colaboradores técnicos), siempre sin perder rumbo y con mano firme, sabedora que este es un drama rebosante de optimismo. Obliga a comprender y amar a sus desvalidas criaturas; compártanse o no sus opciones existenciales.
Y por sobre todo esto es cine puro, con formulación original y creativa, que rebasa los parámetros tradicionalmente atribuidos al documental. Un film en el que nada sobra y cuanto hay posee el ritmo y la presencia temporal justa.

Un título mayor, una indagatoria del alma humana.





 

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