La preferencia por el débito atraviesa todas las edades y consolida un consenso poco habitual en tiempos de brechas generacionales. El dato es contundente. Para el 61% de los uruguayos, pagar con débito equivale a tener mayor control financiero. En contrapartida, la tarjeta de crédito apenas alcanza un 11% de preferencia como medio principal y aparece asociada a la tentación y al riesgo de endeudamiento. El límite claro del saldo disponible pesa más que el atractivo de las cuotas.
El retroceso del efectivo confirma una tendencia sostenida, aunque lejos de ser abrupta. Los encuestados declaran usar, en promedio, un 42% menos de billetes que hace cinco años. Sin embargo, el efectivo no desaparece sin resistencia: un 28% reconoce que dejar de usarlo le resulta difícil o muy difícil, lo que revela que la transición no es solo tecnológica, sino también cultural.
Aun así, el imaginario colectivo ya proyecta un escenario distinto. Ocho de cada diez personas creen que en diez años el efectivo será reemplazado por el dinero virtual y que las tarjetas físicas dejarán de existir. La dirección del cambio parece clara, aunque el ritmo sigue condicionado por hábitos arraigados.
La digitalización avanza de la mano del celular. Seis de cada diez usuarios lo utilizan habitualmente para operaciones vinculadas a pagos, principalmente transferencias bancarias y compras online. Sin embargo, el QR todavía no logra consolidarse como opción preferida. El informe muestra una adopción baja en todos los rangos etarios, no tanto por rechazo, sino por desconocimiento y falta de incentivos claros, a pesar de que los comercios empiezan a identificar beneficios operativos.
Sin embargo, detrás de la eficiencia del clic y la comodidad del contactless, asoma una alerta que ya no es silenciosa. La seguridad se ha vuelto el factor que, de un plumazo, puede desmoronar cualquier hábito de modernización. Los números que arroja el estudio de Fiserv son, en este punto, de una crudeza que interpela: el 35% de los usuarios reconoce haber sufrido alguna estafa vinculada a sus medios de pago, una cifra que escaló 15 puntos en apenas 12 meses.
La modalidad predominante es el robo de tarjetas o datos, que representa el 74% de los casos. El impacto es directo, y solo un tercio de las víctimas logra recuperar su dinero, y la experiencia modifica hábitos de consumo, desde el control diario del home banking hasta la desconfianza frente a tiendas online desconocidas.
Del lado de los comercios, el diagnóstico es similar. La aceptación del débito alcanza el 69% y dos de cada 10 evalúan dejar de recibir efectivo. Sin embargo, los riesgos persisten por ambas vías. El 67% recibió billetes falsos y el 35% sufrió estafas vinculadas a medios de pago digitales. A pesar de ello, solo cuatro de cada diez comercios cuentan con sistemas de protección antifraude, una brecha que expone tensiones entre eficiencia, costos y seguridad.
El informe no describe únicamente un cambio tecnológico, sino un ajuste de comportamiento. El consumidor uruguayo avanza hacia pagos digitales, pero lo hace con cautela. El débito se impone como herramienta cotidiana, el efectivo retrocede sin desaparecer y la innovación avanza condicionada por la confianza.
La transición hacia una economía sin contacto está en marcha. Lo que el estudio de Fiserv deja en claro es que su consolidación no dependerá solo de la conveniencia o la rapidez, sino de la capacidad del sistema para ofrecer seguridad en un entorno donde el fraude ya no es una excepción, sino un factor que moldea decisiones. En ese cruce, la digitalización acelera, pero la confianza todavía corre a otro ritmo.