El estudio, publicado en enero de 2026, se apoya en una investigación global realizada en más de 50 países, con entrevistas y grupos focales a estudiantes, docentes, familias, responsables educativos y expertos, además de una extensa revisión de la literatura reciente. Su punto de partida es tan sobrio como inquietante: en el estado actual de su uso, los riesgos de la IA en la educación superan claramente a sus beneficios.
La advertencia central del informe no es tecnológica, sino educativa y antropológica. A diferencia del uso de IA por adultos, cuando niños y adolescentes interactúan de forma intensiva con sistemas generativos, lo que está en juego no es solo la eficiencia del aprendizaje, sino el desarrollo mismo de capacidades cognitivas, sociales y emocionales. Pensar, escribir, resolver problemas, tolerar la frustración o sostener la atención no son meras habilidades instrumentales: son procesos formativos que configuran la autonomía personal.
Posibilidades y riesgos
El informe distingue con claridad dos trayectorias posibles. Por un lado, la IA puede enriquecer el aprendizaje si se integra de manera cuidadosa en pedagogías sólidas: ampliando el acceso educativo, apoyando a estudiantes con discapacidades, personalizando ciertos recorridos y liberando tiempo docente para profundizar en la relación con los estudiantes. Por otro lado —y esta es hoy la tendencia dominante—, la IA puede empobrecer el aprendizaje cuando se utiliza sin criterios claros, sustituyendo el esfuerzo intelectual del estudiante, fomentando la dependencia tecnológica y debilitando el pensamiento crítico.
Uno de los riesgos más señalados es la llamada “externalización del pensamiento”: cuando la herramienta ya no asiste al proceso cognitivo, sino que lo reemplaza. El problema no es que la IA falle, sino que funcione demasiado bien como atajo, fomentando un mayor sedentarismo cognitivo. En edades formativas, ese atajo puede tener un costo alto: menor capacidad de concentración, pérdida de autonomía, deterioro de la confianza entre docentes y estudiantes, y una relación cada vez más instrumental con el conocimiento.
Educar es algo profundamente humano
El informe insiste en que la educación no puede evaluarse solo por resultados académicos inmediatos. Las escuelas cumplen funciones sociales, cívicas y formativas insustituibles. Cuando la tecnología erosiona los vínculos humanos o debilita el esfuerzo que implica aprender, sus beneficios instrumentales quedan vaciados de sentido.
Lejos del alarmismo, el estudio concluye con un llamado a la acción articulado en tres verbos: prosperar, prepararse y proteger. Prosperar implica usar la IA solo cuando realmente mejora el aprendizaje; prepararse exige alfabetización crítica, formación docente y marcos institucionales claros; proteger supone salvaguardas firmes para la privacidad, el bienestar emocional y el desarrollo cognitivo.
La tesis final de la investigación es tan sencilla como exigente: el futuro educativo mediado por IA no está escrito. No depende de la tecnología, sino de las decisiones pedagógicas, éticas y políticas que tomemos hoy. La pregunta decisiva no es qué hará la IA con la educación, sino qué tipo de educación estamos dispuestos a defender en la era de la IA.
¿Hacia una nueva minoría de edad intelectual?
Reflexionando a partir del informe, parece que asistimos a una atrofia del pensamiento, a una promoción de la cultura del atajo y del mínimo esfuerzo intelectual. El riesgo sustancial es que dejemos de enseñar el valor del esfuerzo y de la concentración, de ser capaces de permanecer unas horas sentados enfocados en algo difícil con el propósito de resolverlo. ¿Cómo desarrollar tenacidad y resiliencia si al instante abandonamos para que alguien o algo lo resuelva y nos ahorre el esfuerzo?
Por ello, la mejor forma de hacer frente al sedentarismo cognitivo es transmitir la propia pasión por el saber y los beneficios de desarrollar habilidades intelectuales que nos permitan pensar por nosotros mismos con mayor rigor, profundidad y sin renunciar a nuestra libertad para elegir quiénes queremos ser y a dónde queremos llegar. El trabajo colaborativo con la IA potencia y amplifica nuestras posibilidades de desarrollo, pero eso no debería implicar una disminución de la inteligencia humana.
El peligro, por tanto, no está en la IA como tal, sino en lo que abandonamos. Como advertía Immanuel Kant, hay una diferencia radical entre dejarse conducir por otro y atreverse a pensar por uno mismo. ¿Nos conducimos a una nueva minoría de edad intelectual por comodidad o nos sentiremos desafiados a pensar con mayor rigor y responsabilidad?
(*) Doctor en Filosofía. Master en Bioética y magíster en Dirección de Comunicación. Profesor en la Universidad Católica del Uruguay.