-¿Cómo ha visto el primer año de gobierno y qué señales cree que ha dado en materia económica?
-Si se mira el 2025, hay una foto medianamente buena, pero una película un poco más compleja, porque hay un marcado diferencial entre lo que fue el primer semestre y el segundo. El mercado laboral dejó señales alentadoras que invitan a mirar el vaso medio lleno, no solo por la cantidad de puestos de trabajo que se crearon, sino también porque la mayoría fueron formales y contribuyeron a reducir la brecha de género, entre otros avances. Sin embargo, cuando se mira la dinámica anual, se ve que en la segunda mitad del año eso se fue agotando y la buena foto la da lo que pasó en el primer semestre, tanto a nivel de la actividad laboral como en la actividad económica. En cuanto a esto último, hoy los indicadores adelantados que tenemos marcan que la economía se frenó en algún momento de la mitad del año. En definitiva, cuando se mira el año, hay muchas cosas positivas en lo que tiene que ver con la actividad económica, pero cuando aterrizás para saber de dónde se viene, pensando en 2026, uno se da cuenta que viene de esa inercia que es desfavorable, porque hay un estancamiento que empieza a repercutir en términos de las señales del mercado laboral.
-¿Qué ocurre con el apartado fiscal? ¿De qué forma impacta el desvió del resultado en lo previsto por el Ejecutivo?
-En el frente fiscal el gobierno arrancó con un panorama mucho más restrictivo del que se había asumido, pero se cierra el año con un desvío respecto de lo que estaba previsto que fuera el resultado fiscal, lo que impone una señal amarilla. Otras señales amarillas vienen del hecho del dinamismo económico, que puede repercutir negativamente sobre la recaudación y los ingresos, lo que atenta contra la corrección fiscal prevista, que se recuesta sobre los ingresos, principalmente. Por otro lado, en el frente fiscal lo que hay es la discusión novedosa para Uruguay, de los problemas asociados a que haya un sobrecumplimiento de la meta de inflación, que puede haber una presión en términos reales en los precios. Hay una recaudación presionada hacia abajo por un menor dinamismo del previsto y un gasto que podría tener presiones hacia arriba, producto del impacto real que tiene el sobrecumplimiento de la meta de inflación. Además, las dudas que estaban en ese frente tienen que ver con el timing de la corrección, asumiendo que iba a darse sobre la segunda mitad del mandato y, cuando se ven las lecciones de la historia fiscal del Uruguay, lo que se encuentra es el peso que tiene el ciclo político de las finanzas públicas. Esas son las señales que, hoy por hoy, hay en las finanzas públicas.
-Se suele decir que un dólar alto funciona como una especie de subsidio al sector exportador. Actualmente, y desde hace ya un tiempo, este sector ha manifestado la necesidad de que el dólar esté en niveles superiores dado que se pierde competitividad. ¿Es posible alcanzar un punto medio, sin estar en los extremos?
-Esa es la complejidad de lo que estamos viendo. Estas discusiones tendrían otro tenor si no tuviéramos la naturaleza que tenemos, lo que dialoga con otras medidas que se han intentado desplegar para desdolarizar la economía. Pero, partiendo de la base de lo que el dólar representa para nosotros, por supuesto que siempre los movimientos van a generar afectaciones distintas entre los distintos agentes, tanto en consumidores como el sector productivo y exportador, pero esto es difícil particularmente porque tiene beneficios y costos en términos intertemporales. Muchas veces, en el presente, determinadas cosas se pueden valorar como mejoras -como la mejora del salario real más elevada de la prevista,- pero que al mediano plazo podrían ir en detrimento del empleo. No solamente afecta asimétricamente a los agentes de la economía, sino que sus costos y ventajas también se distribuyen asimétricamente en el tiempo. Lo que puede ser un costo hoy, puede ser un beneficio mañana y viceversa.
-¿Considera que se prostituye por demás la discusión económica en el ámbito político?
-No sé si el concepto sería prostituir, pero creo que, en definitiva, muchas veces discutimos temas, pero siempre está la cuestión de los sesgos. No es que se prostituyan, sino que muchas veces pasa que hay elementos que pueden abonar a que alguien argumente a que el vaso esté medio lleno, pero también puede haber elementos para que alguien argumente que el vaso está medio vacío. Porque, en definitiva, es una cuestión de cómo se identifican o se ponderan las distintas realidades que hacen al devenir económico. Siempre va a suceder eso, porque la economía es una ciencia social, no es una solución tecnológica o algorítmica de cómo debería funcionar una sociedad. Pero lo que se termina generando es una polarización y se discute más en términos de tribuna, y no necesariamente para decir cuál es la magnitud de los problemas que tiene el país. Y todo queda condicionado por escaramuzas todo el tiempo entre temas de índole menor o de menor jerarquía, porque entiendo que la política hoy tiene problemas de selección adversa en Uruguay y en el mundo y porque hay un reconocimiento de que lo que rinde para afuera es impostar una polarización o una radicalización que no es tal. Y yo tengo que diferenciarme del otro, cuando al otro y a mí no me separan líneas tan distintas. En ese marco, se corre el riesgo de que, dada la calidad del debate público y la incidencia de las redes, el incentivo es ir hacia un duelo de hinchadas y no hay un reconocimiento de lo bueno del otro y de la crítica de lo propio. Y eso se traduce en un peor clima de la discusión pública. La calidad del debate hoy no está a la altura de la magnitud de los problemas en Uruguay. Entonces, seguir con esa lógica polarizante va en detrimento del propio sistema.
-¿Qué consecuencias cree que puede traer esto en el mediano plazo? ¿Imagina el surgimiento de propuestas que estén por fuera de lo que Uruguay está acostumbrado?
-Uruguay no es ajeno a las dinámicas polarizantes, de diferenciación impostada y de hacer política como show, lo que empobrece mucho el debate. Hay un sistema que se está distanciando de dónde debería estar y eso la gente lo está empezando a internalizar y tiene los riesgos que vemos en todos lados. El surgimiento de personajes de afuera, que en algunos sentidos serán para la derecha y en otros será para la izquierda, capitalizan un descontento que es legítimo, en tanto que el sistema no reporta lo que la sociedad demanda, cuando es convocado a votar. El problema es la falta de capacidad para romper las inercias, los lugares donde hay intereses construidos y para simular que tenemos más cosas diferentes que en común, cuando en el país hay un problema de acumulación de problemáticas de naturaleza estructural. Hay una degradación del debate público, que no es propia del Uruguay y es un reflejo de las cosas que pasan en el mundo. Y que los problemas que están generando todos esos temas de fondo que ignoramos nos van a explotar en la cara. Estamos asistiendo a la ruptura de la ilusión que nos construimos de que el Uruguay de hoy es similar, en sus rasgos distintivos, al Uruguay de hace 80 años.
“Creo que hay algunas disonancias entre la visión del Ministerio de Economía y Finanzas y el Ministerio de Trabajo”
-¿Cree que durante este primer año se han dado señales contradictorias a la interna del Ejecutivo, específicamente entre Economía y Trabajo, partiendo de la base que lo que ha planteado Oddone es la necesidad de atraer inversiones que traccionen la economía y permitan satisfacer las distintas demandas que tiene la sociedad?
-Creo que hay algunas disonancias entre la visión del Ministerio de Economía y Finanzas (MEF) y el Ministerio de Trabajo. Hemos tenido algunas propuestas, iniciativas o anuncios que no van en la línea de un mismo objetivo. Ahí hay algunas dificultades que están por fuera de la órbita del MEF. Hay algunas iniciativas que en la visión del MEF no es que atenten, pero no aportan en la determinación de aumentar la inversión para aumentar el crecimiento. En lo que tiene que ver con la lógica del MEF me parece que los esfuerzos se están haciendo en materia de facilitar lo que es la inversión, desburocratizar los procesos y empezar a atacar algunas raíces de lo que está en el fondo de los problemas de competitividad de Uruguay. Nuestra forma de entender la competitividad es simplemente pensar si el dólar debe estar en 38 o en 55, pero es mucho más que la cotización de una moneda. Tiene que ver con productividad, innovación o el peso de las ineficiencias asociadas a los trámites burocráticos y la competencia. Ese es un diagnóstico que por la vida profesional de Oddone ya ha ido acumulando en términos del diagnóstico y los problemas que conspiran en detrimento de la capacidad de aumentar la inversión. En algunos casos han promovido medidas y la visión está muy asentada en la importancia de la inversión como driver del crecimiento y, en parte, de la productividad. El problema es cómo se aterrizan esas políticas e iniciativas, teniendo en cuenta que en el gobierno hay distintas visiones sobre las cosas que deberían hacerse y que muchas veces apuntan a resultados que atentan el uno con el otro, y eso es una limitante.