-¿Cuál es su evaluación del primer año de gobierno de Yamandú Orsi?
-Este gobierno presidido por Yamandú Orsi viene de una señal de búsqueda de transformaciones. No es simplemente que fue la herencia de un presidente impopular, porque Lacalle Pou no terminó en una clave impopular, sino que, todo lo contrario, pero el gobierno anterior estuvo marcado por grandes episodios muy escandalosos, que aún la mayoría no se han aclarado. Esto se da en un contexto de polarización y la ciudadanía, a diferencia de lo que se creyó en algunos momentos, definió por casi 100.000 votos. Entonces, entre los votantes de Orsi, que no son todos frenteamplistas, había una expectativa de transformaciones. Creo que en este primer año, con altibajos y ciertos espacios de gobierno donde hubo más transformaciones, el balance no es de un gobierno transformador. Como se ha dicho hasta el cansancio, y el propio presidente lo ha reconocido, por múltiples circunstancias, como un margen fiscal acotado y un contexto internacional incierto, lo que deja el primer año es que este gobierno huele a poco, por lo menos hasta ahora.
-En esta idea de un gobierno que huele a poco, ¿cómo ve al gobierno a la luz de la desilusión del votante frenteamplista? ¿Qué tan lejos está de las bases del Frente Amplio (FA)?
-El FA es una construcción muy compleja. Hoy, cualquier partido en un contexto de cambios acelerados, cambia. Sus bases, e incluso sus programas, deben ser vistos como aspiraciones, no como formulaciones rígidas que luego hay que aplicar. En ese sentido, la construcción programática de cara a 2024 ya marcaba debates, pero lo que terminó siendo ejecutado en el gobierno, en relación a esas bases, aumentó ese desfasaje. Este primer año, con la marca del debate presupuestal y que el FA por primera vez iba a gobernar sin mayorías, era lógico que hubiera un hiato entre el programa y la ejecución durante el primer año. Lo que ocurre, es que también hubo ciertos elementos que marcaron un golpe que, entre los militantes y adherentes más referidos a la izquierda, lo vieron como un enfoque distinto al que pensaban. Eso se ha visto muy reflejado en lo que ha dicho el propio presidente, que tiene una forma de comunicación que a veces es muy poco cuidada y que dice cosas que generan impacto. Esto hace que el balance de un gobierno cueste alejarlo del balance del presidente y de lo que dice. Creo que hay tres requerimientos que convergen en la evaluación que se le debe hacer a este gobierno. La primera, es que el gobierno del FA no puede permitirse ni una señal mínima de corrupción o de escándalo, porque el gobierno anterior sí estuvo acusado de eso. Lo segundo, este gobierno ganó no para continuar la política del gobierno anterior, ganó porque había una mayoría en la población que quería cambiar. No cambiar en términos de un quiebre, pero quería otro tipo de políticas. Y el tercer punto es que esto hay que hacerlo en un contexto de austeridad, sin viento de cola.
-¿Qué grado de continuidad observa? El presupuesto, pese al aumento presentado de US$ 140 millones, no trajo consigo grandes variaciones con el anterior.
-Yo tengo mucho respeto intelectual por Gabriel Oddone, pero en términos macroeconómicos hay muy pocas diferencias y en otras áreas de la política económica hay alguna diferencia; pero no es algo sustantivo. Y, ante la posibilidad de discutir un impuesto muy reducido al 1% más rico del país, enseguida dice que a él no lo eligieron para hacer una revolución. En Uruguay hay un mito de que no se puede hablar de impuestos y que eso desestimula la inversión. Yo no creo eso y creo que la mayoría de los actores no creen en eso. No podemos meternos en un mito, que hay que destruir. En la campaña, Yamandú Orsi, a mi juicio con error, dijo que no iba a subir impuestos, pero en el presupuesto sí se subieron.
-¿No ha llegado aún la inflexión transformadora?
-Todavía no. Y creo que eso será el segundo elemento que va a pesar en la evaluación de cualquier gobierno del FA. Los votantes del FA lo votaron para que transformara aspectos relevantes de la política. El problema más acuciante para los uruguayos, desde hace décadas, es el de la seguridad pública. La seguridad debe enfrentar una inflexión de transformación positiva, con todo lo que ello implica en un país como Uruguay.
-¿Es un error que un gobierno de una fuerza política de izquierda se ampute la posibilidad de discutir e implementar el impuesto al 1% más rico, teniendo en cuenta la situación fiscal actual del país?
-Hoy en el mundo casi que está prohibido hablar de impuestos, pero discurren cada vez más los llamados impuestos globales. Siempre supimos que nunca habrá una manifestación popular a favor de los impuestos. Sin embargo, es un instrumento de política pública que, amputárselo, a priori, no parece razonable, sobre todo para un gobierno progresista. Incluso, parece hasta riesgoso, porque un gobierno en este clima de inestabilidad no puede anticiparse a lo que serán sus situaciones coyunturales.
-¿Y el frenteamplista de cepa entiende cuando el Ejecutivo descarta esta propuesta?
-Oddone ha dicho que la clave para la redistribución es el crecimiento y su apuesta fundamental apunta en esa dirección. Su tesis de doctorado fue sobre el problema de la economía uruguaya de larga duración, que es el bajo crecimiento. De eso sabe y mucho. Ahora, ¿qué pasa si Uruguay no crece? Y esto, en un país con tantas restricciones sistémicas en relación con el mundo y la región, es complejo. A este gobierno se lo va a medir por su capacidad de redistribución. Si no hay redistribución en este período, es una profecía autocumplida que va a ganar la oposición en 2029. La redistribución puede darse en el marco de una economía con un gran impulso de crecimiento y es la apuesta de Gabriel Oddone. Ahora, me pregunto qué pasa si no hay crecimiento.
-¿Fueron autogolpes las modificaciones impositivas incluidas en el presupuesto y las modificaciones posteriores del Fonasa o el cálculo del BPC para el IRPF?
-Ahora le llaman adecuación fiscal... Hay que ser más sinceros y realistas. Hoy tenemos nuevos modelos económicos y nuevas ingenierías en la actividad económica, sometidas a una revolución inédita, que tienen como traducción muy claramente en América Latina economías que crecen donde los más beneficiados son los ricos. En algunas sociedades hay un efecto de derrame, pero es muy bajo. Y creo que con este tema el FA se enredó, y no es la primera vez que ocurre en una campaña, porque ya había ocurrido antes, en la idea de que estaba prohibido hablar de impuestos. Pero éticamente, decir que el rico sea cada vez más rico es ir a contramano de la vieja máxima del batllismo, que tanto marcó a la sociedad uruguaya. Y ahí hay una lucha ideológica, que es legítima.
-A lo largo de este primer año, esta administración ha demostrado ser un gobierno de centro. En caso de seguir en este camino, llegará a 2029 con un frenteamplismo desencantado y pidiendo un candidato con propuestas netamente de izquierda. ¿Imagina a personas como Fernando Pereira o Cristina Lustemberg ganando terreno a la interna?
-El FA siempre tuvo tres perfiles que confluían. Un perfil nacional y popular, un perfil marxista y otro socialdemócrata. Eso se fue enredando porque Mujica era nacional y popular, pero su marxismo era muy ecléctico al final y hoy hay que preguntarse con rigor qué es lo que defiende un marxista en este contexto global, desde un país como Uruguay. Creo que el FA hoy tiene orientaciones, pero está muy claro que en Uruguay la competencia es por el centro. Todos los gobiernos del FA han sido centroizquierdistas, el problema está cuando se vuelven centristas o cuando no generan transformaciones. Entonces, la demanda que tiene este gobierno es honestidad, transformación específica en los grandes problemas del país y hacerlo en un contexto de austeridad. El candidato de 2029 del FA deberá ser alguien que convoque y que tenga orientación.
-Orsi ha hablado de la revolución de las cosas simples. Si uno mira lo que fue la campaña y el posterior gobierno de Lacalle Pou, se encontrará con una reforma educativa, otra de seguridad social y una Ley de Urgente Consideración, que serán buenas o malas según quien las juzgue, pero se trataron de buques insignia. ¿A este gobierno le faltan este tipo de claims?
-El talante con el que llegó Lacalle Pou es muy distinto al que llega Orsi. La inflexión de 2019 fue, en la perspectiva uruguaya, fuerte, porque el FA bajó nueve puntos. Ahora no hubo un gran salto, pero se logró terminar de configurar esos dos espacios que marcan la configuración de la lucha política en Uruguay. De un lado el FA y del otro todos los que rajen, con la novedad de Cabildo Abierto (CA).
“Estoy convencido de que Luis Lacalle Pou volverá a ser candidato presidencial”
-¿Vuelve Luis para 2029?
-Faltan cuatro años y depende de muchas cosas. El balance con el que termine el actual gobierno será decisivo. Estoy convencido de que Luis Lacalle Pou volverá a ser candidato presidencial y es el que tiene más chances de capitalizar ese espacio que todavía no se ve, que dudo que se traduzca en un partido, que es la llamada coalición republicana. Ahí, la figura como candidato, es Lacalle Pou. Y no veo a nadie que lo pueda confrontar. Pero todavía falta mucho y predecir el futuro no es mi oficio.
-¿Cree que Lacalle Pou va a capitalizar el desgaste del electorado de la oposición?
-Lacalle Pou ha optado por una opción muy sensata en la perspectiva de sus intereses. Uno podría pensar que volvía al Senado, pero sería algo muy desgastante. Optó por no ir, pese a que estaba en el primer lugar en todas las listas. Volver a la presidencia del Directorio del Partido Nacional (PN) tampoco era una opción y se muestra mínimamente en un espacio. Tiene actividad en el Centro de Estudios para el Desarrollo (CED) y son señales importantes, pero se mantiene al margen. Cuando aparece, da señales muy controversiales y enseguida se repliega, en casos donde su gobierno ha aparecido muy cuestionado.