El primer año de gobierno de Yamandú Orsi concluyó con una evaluación pública ambivalente: la figura presidencial mantuvo niveles relevantes de simpatía, pero la gestión recibió un juicio más exigente. Según una encuesta realizada en febrero por la consultora Cifra, el 51% de la población declara sentir simpatía hacia el mandatario. Sin embargo, al evaluar el desempeño del gobierno, el 46% lo desaprueba y el 31% lo aprueba, mientras que el 17% se ubica en una posición neutral.
En diálogo con CRÓNICAS, el politólogo Daniel Buquet señaló que el dato central de este primer año es que el presidente no logró construir, desde el inicio, un respaldo mayoritario en términos de gestión. “Nunca tuvo una aprobación de 50%. Siempre su nivel de aprobación estuvo por debajo del 50%, incluso en el arranque”, afirmó.
A su juicio, esa situación contrasta con la experiencia reciente de otros presidentes electos en segunda vuelta, que suelen comenzar con un margen de expectativas favorables. En este caso, explicó, el apoyo partió de un piso más acotado y la desaprobación creció con el correr de los meses. “Hubo un incremento de la desaprobación en todas las mediciones”, sostuvo.
El analista marcó una diferencia clave entre la percepción sobre la persona y la valoración de la administración. “Orsi genera simpatía. No es la persona la que es rechazada por la opinión pública”, enfatizó. El problema, precisó, radica en el plano gubernamental: “Lo que se desaprueba es el gobierno de Yamandú Orsi”.
El pasado 2 de marzo, en su mensaje ante la Asamblea General con motivo del primer aniversario de gobierno, Orsi buscó ordenar el balance y proyectar una hoja de ruta. Repasó medidas adoptadas, defendió un estilo dialoguista y señaló que su administración no llegó para “refundar” el país, sino para construir sobre bases existentes.
Para el politólogo, el discurso tuvo coherencia interna. “Fue un buen discurso, bien organizado, bien planteado”, indicó, al tiempo que destacó su estructura: un inicio dirigido al sistema político, una parte destinada a reivindicar logros y un cierre enfocado en perspectivas futuras.
No obstante, relativizó su impacto en la opinión pública. “No va a tener ninguna consecuencia negativa en su imagen, pero no sabría decir si va a tener alguna consecuencia positiva”, consideró, al recordar que “la mayoría de la gente no escucha al presidente” de forma directa.
Un aspecto que llamó la atención fue la insistencia en la primera persona. “Hablar en primera persona del singular, decir ‘yo’, decir ‘mi gobierno’, es muy inusual en el Frente Amplio”, señaló. Esa elección puede interpretarse como un gesto para remarcar conducción en un contexto donde la fortaleza del liderazgo se ha discutido.
En ese punto, explicó que la situación del presidente es particular dentro de la tradición política uruguaya. “Orsi no es el jefe ni del partido ni de su fracción. Es una figura relevante, pero no es el típico jefe de partido o de fracción que se transforma en candidato presidencial y después en presidente”, afirmó. Por eso, añadió que “ese liderazgo lo tiene que construir”.
“La gente espera resultados”
Más allá del estilo y el discurso, la evaluación ciudadana se vincula con variables concretas. “La gente espera resultados”, enfatizó. En Uruguay, la percepción sobre un gobierno se asocia de forma directa con economía y seguridad. “Al final a un gobierno le va bien o mal según cómo cierren las cuentas. Si la economía crece, si mejoran los ingresos, si no hay inflación, al gobierno le fue bien”, resumió.
En su balance del primer año, el analista consideró que la amplitud de la agenda pudo haber diluido prioridades. “La agenda propositiva del gobierno estuvo muy dispersa”, expresó. La enumeración extensa de iniciativas no necesariamente contribuye a fijar una identidad clara. “La revolución de las cosas simples y las 63 medidas no ayudan a generar una percepción clara”, señaló.
Desde su perspectiva, el Ejecutivo necesita concentrar el foco en ejes definidos que permitan asociar este primer tramo con líneas identificables de acción. “Se necesita concentrar baterías en temas de gran relevancia para que mucha gente perciba resultados”, afirmó.
De cara al segundo año, el politólogo identificó focos de riesgo en la interna oficialista, en especial en educación y en el diálogo sobre seguridad social. Recordó que sectores del Frente Amplio, así como el PIT-CNT, respaldaron la propuesta de reforma constitucional promovida por la central sindical y “esperan revertir la reforma anterior”. En ese marco, señaló que habrá que ver “cómo resuelve el Grupo de Asuntos Presupuestarios (GAP)” entre lo que surja de esos ámbitos y lo que efectivamente el gobierno decida implementar.