Antes de liderar equipos y pensar soluciones para el mercado empresarial, hubo una primera escuela mucho más concreta, cuando a los 16 años fue repartidor en una rotisería de barrio. Todavía recuerda una entrega en bicicleta, bajo la lluvia, que terminó en caída y con el pedido lejos de llegar impecable. También recuerda la lección: hacerse cargo, aprender rápido y levantarse. Algo de esa escena sigue intacto en su forma de trabajar.
Tras un paso por Microsoft, llegó a Claro hace casi 10 años con el cometido de construir y liderar un equipo comercial enfocado en el segmento Empresas. Lo atrajo el momento de cambio que atravesaba la compañía, la posibilidad de construir desde cero y el desafío de hacerlo en un entorno con ambición de crecimiento. Casi una década después, eso sigue siendo parte del motor: aprender, proponer, transformar.
Como gerente comercial de Claro Empresas se mueve en un terreno exigente, donde la velocidad tecnológica obliga a repensar todo el tiempo y donde los clientes esperan respuestas concretas, útiles y cada vez más rápidas. En ese escenario, encuentra una oportunidad, la de acompañar procesos de transformación con una mirada centrada en las personas. Porque, para él, los resultados no dependen solo de una buena estrategia, sino de cómo se lidera todos los días, de la coherencia, de la confianza, de la capacidad de crear equipos sólidos y conversaciones honestas.
Esa convicción también define su idea de liderazgo. Habla de responsabilidad, de respeto y de hacerse cargo, valores que reconoce como herencia directa de su padre. En el mundo laboral, destaca a un compañero que marcó sus primeros pasos en ventas, y que le enseñó la disciplina y la humildad de seguir aprendiendo. Tomó otras enseñanzas de colegas, referentes y líderes que lo marcaron -algunos por inspiración, otros por contraste-. En todos los casos, con la certeza de que liderar no es imponer, sino habilitar.
Cuando se le pregunta qué no puede faltar en su oficina, la respuesta es simple, pero a la vez lleva implícito un mensaje: “Un clima de confianza y diálogo, donde se pueda conversar con honestidad y trabajar con claridad. Sin eso, nada de lo demás funciona”, responde.
Fuera de la oficina, su mundo conserva las pasiones de siempre. Como tantos uruguayos, de niño soñó con ser futbolista y jugar en la selección. Más tarde apareció el deseo de tocar en una banda. Ninguno de los dos se fue del todo. El fútbol sigue siendo refugio, energía y recordatorio del valor del juego colectivo. La música —rock, funk, reggae, blues o rioplatense, según el día— sigue acompañando de cerca, guitarra incluida.
Si de lectura se trata, le cuesta elegir un solo libro, pero reconoce algunos que lo acompañaron en distintos momentos y dejaron huella. Relato de un náufrago, en la adolescencia, y Kafka en la orilla, más adelante, lo marcaron por esa idea de avanzar con decisión sin perder conciencia. Hoy, títulos como De dónde vienen las buenas ideas y La empresa consciente moldean su visión sobre innovación, liderazgo y cultura.
Pedro vive con Ceci y sus hijos, Fran y Gonza, de nueve y cinco años, a quienes reconoce como el verdadero eje de todo. En ellos encuentra perspectiva, pausa y sentido. Quizás por eso, cuando imagina el futuro, no se piensa demasiado distinto, simplemente con más recorrido, más preguntas que respuestas y nuevos desafíos por delante. Pero fiel a lo esencial, a esa idea simple -y nada menor- de ser consecuente entre lo que piensa, dice y hace.