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A 250 años de La Riqueza de las Naciones de Adam Smith: nuevas reglas de juego en el comercio mundial
Lorenzo Amaro y Alejandro Vidart, Académicos Supernumerarios, ganadores del Segundo Premio Academia Nacional de Economía Edición XIX Año 2025.
Fecha de publicación: 30/04/2026
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Redacción

En 1776, el filósofo escocés Adam Smith publicó su célebre obra: An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations. Dos siglos y medio después, su nombre sigue en el centro del debate económico. Pero, ¿entendemos realmente lo que dijo?

Para contextualizar a Smith, el autor vivió en la transición del mercantilismo al capitalismo industrial incipiente. Su enemigo no era el Estado per se, sino el mercantilismo: un sistema de privilegios monopólicos para las corporaciones de comercio y manufactureros, que usaban al Estado para restringir la competencia y elevar sus beneficios a costa de los consumidores.

Smith asignó al Estado tres deberes: defensa nacional, justicia y obras públicas.

Hoy, en un mundo atravesado por el resurgimiento del proteccionismo, las tensiones geopolíticas, la fragmentación productiva y el retorno de la intervención estatal en sectores estratégicos, la idea de un mercado global que se autorregula resulta cada vez menos convincente. Volver a Smith, en este contexto, no es un gesto académico, sino una necesidad para interpretar el presente. La evidencia empírica reciente sugiere un giro proteccionista. Desde mediados de la década pasada, las restricciones al comercio internacional no han dejado de aumentar. Las principales economías han recurrido crecientemente a aranceles, subsidios y políticas industriales activas. 

Durante más de dos siglos, Smith ha sido presentado como el padre del libre mercado. Pero esa consagración tuvo un costo: su pensamiento fue simplificado hasta reducirlo a consignas, la “mano invisible”, el interés propio, el “laissez-faire”, que poco reflejan la complejidad de su obra. Smith no escribió un manual de desregulación. Escribió, más bien, una teoría sobre las condiciones que hacen posible una sociedad comercial.

La competencia, la división del trabajo y la expansión del comercio, elementos centrales del análisis smithiano, dependen de condiciones institucionales específicas. Entre ellas, la protección de la propiedad, la estabilidad jurídica, la provisión de bienes públicos y la existencia de mercados suficientemente amplios para sostener la especialización productiva. Volver a Smith, entonces, se convierte en una necesidad teórica contemporánea: la de reconsiderar qué tipo de reflexión sobre la economía inauguró realmente y qué puede aún decirnos.

Teniendo en cuenta esta información reciente y que, habitualmente se presenta esta obra como la formulación inaugural de una teoría del mercado autorregulado, en la que el orden económico emergería de manera casi automática a partir de la interacción de agentes individuales maximizadores. Este cliché interpretativo descansa en una selección parcial y descontextualizada de pasajes de la obra, así como en una lectura retrospectiva que proyecta categorías propias de la economía posterior sobre un texto que se inscribe en un momento intelectual distinto. Eso cambia el eje. El mercado, en su obra, no es un mecanismo autónomo, es una institución. Depende de reglas, de estabilidad jurídica, de confianza social y, sin eso, no funciona.

América Latina lo sabe bien. Durante el siglo XIX, muchos países adoptaron el lenguaje del libre comercio sin contar con las bases que lo hacían viable. El resultado no fue convergencia con Europa, sino especialización primaria, volatilidad y dependencia. Mientras que la obra de Smith buscaba comprender el dinamismo de una sociedad comercial en expansión, las economías latinoamericanas del siglo XIX enfrentaban problemas ligados a la formación de mercados nacionales, la debilidad institucional y la inserción internacional como exportadoras de productos primarios. En este sentido, la influencia de Smith en América Latina no debe interpretarse únicamente como la difusión de una doctrina económica específica, sino también como la introducción de un lenguaje analítico a partir del cual pensar los problemas del crecimiento económico, la organización institucional y la relación entre mercados internos y comercio internacional. Por otro lado, la expansión de los mercados internacionales no siempre condujo a procesos de diversificación productiva comparables a los observados en las economías industriales europeas.

¿Significa que América Latina logró diversificar su inserción comercial? La evolución de sus exportaciones en las últimas tres décadas muestra un matiz:

El comercio Sur-Sur ganó peso, pero sin modificar el núcleo primario-exportador de muchas economías de la región. No obstante, el capitalismo contemporáneo también pone en evidencia los límites históricos del marco smithiano. La globalidad de las finanzas, la magnitud de las externalidades ambientales y la concentración del poder económico en mercados digitales plantean desafíos que exceden el horizonte conceptual del siglo XVIII. En particular, las dinámicas de los mercados tecnológicos, caracterizadas por efectos de red y rendimientos crecientes, cuestionan la idea de que la competencia tiende naturalmente a disipar posiciones dominantes. Del mismo modo, la crisis climática exige formas de coordinación y regulación que trascienden las capacidades de los Estados nacionales.

La comparación entre la revolución industrial y la actual transformación tecnológica cumple una función metodológica precisa dentro de la hipótesis central de este trabajo: poner a prueba el carácter institucional de la teoría del progreso productivo. Si el planteo no consiste en una apología abstracta del laissez-faire, sino en una explicación históricamente situada del desarrollo basada en condiciones jurídicas, morales e institucionales específicas, entonces su validez no debería limitarse al contexto del siglo XVIII. Por el contrario, su marco analítico debe ser capaz de iluminar tanto el surgimiento del capitalismo industrial como las dinámicas contemporáneas asociadas a la economía digital.

El análisis del capitalismo contemporáneo introduce dimensiones que exceden el horizonte conceptual del siglo XVIII y obligan a incorporar correcciones analíticas explícitas. 

La primera, como ya se explicó anteriormente, es la globalización de las finanzas. Aunque Smith abordó el funcionamiento del crédito, la banca y los riesgos de la especulación, no contempló la escala, velocidad e interconexión de los mercados financieros actuales. La capacidad de transmisión casi instantánea de crisis a nivel global, junto con la alta movilidad del capital, restringe los márgenes de acción de los Estados nacionales y tensiona la estabilidad de los marcos regulatorios. En este contexto, la estabilidad macrofinanciera se configura como un bien público central cuya provisión exige instrumentos institucionales más complejos que los considerados en su esquema original.

La segunda transformación relevante es la centralidad del capital intangible. En la economía contemporánea, el valor se concentra crecientemente en activos como software, datos, patentes, marcas y conocimiento organizacional. Estos elementos generan rendimientos crecientes y favorecen procesos de concentración sostenida. En este entorno, la competencia no opera bajo las condiciones previstas por el modelo clásico: los efectos de red, la escalabilidad global y las barreras de entrada de tipo cognitivo e institucional dificultan la disipación de posiciones dominantes. Este escenario impone la necesidad de revisar los instrumentos de política de competencia y los marcos de fiscalidad internacional.

Una tercera dimensión es la cuestión ambiental. La expansión de la actividad económica a escala global ha puesto de manifiesto la existencia de externalidades que exceden el ámbito local o nacional. Problemas como el cambio climático no pueden ser abordados mediante decisiones descentralizadas orientadas únicamente por costos privados. La magnitud sistémica de estas externalidades requiere mecanismos de coordinación internacional, regulaciones específicas y dispositivos institucionales capaces de internalizar costos ambientales que el mercado, por sí solo, no incorpora.

El debate actual ya no gira en torno a elegir entre mercado o Estado. La cuestión es otra: quién define las reglas, cómo se distribuye el poder económico y qué instituciones hacen posible el crecimiento. Leer hoy a Adam Smith no es un homenaje, sino una herramienta para pensar el presente. Porque si algo resulta claro es esto: los mercados no funcionan por sí solos. Y cuando se actúa como si lo hicieran, los costos aparecen. Siempre.



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