Entrevista
Diego Aboal, economista e investigador del Cinve
“Los principales frenos de Uruguay para crecer más son una productividad que avanza poco y la baja inversión”
Diego Aboal entiende que Uruguay deberá prepararse para tener una población “más envejecida” y una fuerza laboral menor, y que no se puede suponer que un aumento de la natalidad resolverá el problema demográfico en el corto plazo. En entrevista con CRÓNICAS, el economista hizo hincapié en la necesidad de proteger a las generaciones mayores “sin hipotecar” las oportunidades de las siguientes y afirmó que, sin inmigración, Uruguay ya estaría reduciendo su población desde hace “más de una década”.
Fecha de publicación: 17/07/2026
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Por:
Redacción

-¿Cuál es la salida a la problemática demográfica de Uruguay?

-No hay una salida única ni una política que pueda revertir rápidamente la tendencia. Uruguay ya entró en el invierno demográfico. Desde 2021 mueren más personas de las que nacen; la fecundidad cayó a alrededor de 1,2 hijos por mujer, frente a los 2,1 necesarios para el reemplazo, y los nacimientos bajaron de más de 49.000 hace una década a menos de 29.000 en 2025. Es una caída cercana al 40% en 10 años. La respuesta debe combinar políticas de familia y cuidados, inmigración, mayor participación laboral, adaptación de la seguridad social y, sobre todo, productividad. Hay que facilitar que quienes desean tener hijos puedan hacerlo, pero no podemos suponer que un aumento de la natalidad resolverá el problema en el corto plazo. Los niños que nacen hoy recién ingresarán al mercado de trabajo dentro de dos décadas.

-¿Entonces Uruguay debe prepararse para tener menos población?

-Sí, debe prepararse para una población más envejecida y una fuerza laboral menor. Las proyecciones indican que la población en edad de trabajar pasaría de unos 2,3 millones hacia 2033 a cerca de 1,7 millones en 2070; unos 600.000 trabajadores potenciales menos. Por tanto, la pregunta es cómo sostendremos el bienestar, los salarios y la protección social con menos personas trabajando. Eso implica cambiar la fuente del crecimiento. Si ya no podemos crecer principalmente por cantidad de trabajadores, tenemos que crecer por el valor que produce cada persona, cada empresa y cada peso invertido.

-¿Qué desafíos presenta su abordaje?

-El primero es la diferencia de tiempos. Las políticas demográficas, que no han mostrado mucha efectividad, producen resultados lentamente, mientras el envejecimiento y la presión sobre jubilaciones, salud y cuidados ya están presentes. El segundo es institucional, la respuesta atraviesa educación, vivienda, empleo, migración, salud, cuidados, seguridad social y desarrollo productivo. No cabe dentro de un ministerio ni de un período de gobierno. También hay un desafío distributivo. Una sociedad envejecida puede destinar una proporción creciente de sus recursos a la generación presente y dejar menos espacio para invertir en niños, jóvenes, infraestructura e innovación. Hay que proteger a las generaciones mayores sin hipotecar las oportunidades de las siguientes. Se necesita un contrato intergeneracional sostenible.

-¿Se puede pensar en la inmigración como solución a esta problemática?

Como parte de la solución, sí; como sustituto de las demás políticas, no. Sin inmigración, Uruguay ya estaría reduciendo su población desde hace más de una década. La llegada de personas puede ampliar la fuerza laboral, incorporar capacidades y rejuvenecer parcialmente la estructura demográfica. Uruguay tiene algunos activos para atraerlas, como lo son la estabilidad, instituciones y una buena calidad de vida relativa dentro de la región. Pero atraer no alcanza; hay que integrar. Eso exige residencias ágiles, reconocimiento de títulos, acceso a vivienda, educación, salud y empleos formales. Ningún flujo migratorio razonable compensará por sí solo toda la caída demográfica. La inmigración puede aportar personas calificadas. Pero es clave que pueda ser utilizada de forma eficiente en trabajos de alto valor.

-¿Cómo se insertan en este punto la educación y las oportunidades para los jóvenes en Uruguay?

-En un país con menos nacimientos, cada niño y cada joven cuentan más. No podemos aceptar que uno de cada tres niños nazca y crezca en la pobreza, o que abandone tempranamente la educación o llegue al trabajo sin capacidades suficientes. El dato educativo es muy fuerte, casi la mitad de los uruguayos vive en hogares donde al menos un adulto presenta carencias en años de escolarización. Además, una de cada cinco personas en Uruguay se encuentra en pobreza multidimensional, donde educación, informalidad laboral y vivienda son los principales núcleos de privación. Por eso, invertir en primera infancia, nutrición, salud, aprendizajes y permanencia educativa no solo es política social, es también política de capital humano y política productiva. Pero tampoco alcanza con formar jóvenes si la economía no ofrece oportunidades. Retener talento requiere empleos de calidad, posibilidades de emprender y una conexión mucho más estrecha entre educación, formación técnica, universidades, empresas e innovación.

-¿La educación debería orientarse más directamente hacia el mercado laboral?

-La educación debe dialogar mucho más con el mercado laboral, sin reducirse a preparar personas para la vacante de hoy. En ese marco, la educación dual puede cumplir un papel importante, al combinar la formación en el aula con experiencias de aprendizaje en empresas y organizaciones. Bien diseñada, permite acercar a los jóvenes al mundo del trabajo, desarrollar habilidades prácticas y facilitar la transición hacia empleos de calidad, sin abandonar una formación general sólida. La inteligencia artificial y la automatización cambiarán tareas y ocupaciones. Por eso se necesitan bases firmes y combinadas con alfabetización digital, formación técnica moderna y habilidades socioemocionales. La educación dual debe complementar esas capacidades, no sustituirlas ni limitar a los estudiantes a las necesidades específicas de una empresa o de un puesto. En una sociedad más longeva, además, la educación no puede terminar a los 18 o 25 años. Las personas tendrán que actualizarse varias veces durante trayectorias laborales más largas. La formación dual, la capacitación en el trabajo y los sistemas flexibles de actualización profesional pueden ser parte de una estrategia más amplia de aprendizaje permanente, que deberá convertirse en una pieza central de la infraestructura económica del país.

-¿De qué forma se conecta este aspecto con la productividad?

-La productividad no consiste simplemente en comprar máquinas o software. Depende de que trabajadores y empresas sepan incorporar tecnología, reorganizar procesos, utilizar datos, innovar y gestionar mejor. Sin capital humano, una nueva tecnología puede quedar subutilizada. Hay evidencia concreta para Uruguay. En un estudio que realizamos de empresas entre 2013 y 2023, el capital intangible representó en promedio apenas 3,1% del capital total, y alrededor de 63% de las firmas no reportó inversión intangible. Sin embargo, aumentar la intensidad de esos activos se asocia con aproximadamente un 3% más de productividad total de los factores, y su productividad marginal se estimó en 1,3 veces la de la inversión tangible. Es una palanca potente, pero todavía poco difundida. Su aprovechamiento depende crucialmente del capital humano.

“Uruguay invierte alrededor de 16% del PIB, un nivel insuficiente”

-¿Dónde residen hoy los principales frenos de Uruguay para crecer más?

-El primero es una productividad que avanza poco. El segundo es la baja inversión. Uruguay invierte alrededor de 16% del PIB, un nivel insuficiente para sostener durante décadas una convergencia hacia los países desarrollados. A eso se suman dificultades educativas, infraestructura insuficiente en algunas áreas, costos elevados, poca difusión tecnológica, escasa inversión empresarial en innovación y una inserción internacional que todavía captura menos valor del que podría. También existen frenos institucionales cotidianos, tales como regulaciones complejas, trámites lentos, corporaciones que protegen equilibrios o rentas existentes, dificultades de ejecución y poca evaluación de resultados. Uruguay tiene estabilidad y reglas relativamente previsibles, pero a veces confunde estabilidad con desarrollo. El riesgo es acostumbrarnos a crecer poco.

-¿Hay una medida prioritaria?

-Más que una medida aislada, hace falta una estrategia consistente: cuidar a cada niño, mejorar los aprendizajes, atraer y retener talento, elevar la inversión, facilitar la adopción tecnológica, abrir mercados y exigir más productividad tanto al sector privado como al Estado. 
Uruguay no necesita adivinar cuál será el próximo sector ganador. Necesita preparar el terreno para que puedan desarrollarse la bioeconomía, los servicios globales, la agroindustria sofisticada, la energía limpia, la inteligencia artificial aplicada y oportunidades que todavía no vemos. El país no puede cambiar rápidamente su demografía, pero sí puede cambiar su productividad y la calidad de sus instituciones. Esa es la verdadera salida.

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