Ese es, a mi juicio, el mayor valor del documento, porque la encíclica, aunque se ocupa lúcidamente de la inteligencia artificial, de la concentración privada del poder tecnológico, del trabajo, de la democracia y de la regulación como manifestación de la responsabilidad, su crítica más decisiva es antropológica. León XIV percibe que la revolución digital puede consolidar silenciosamente una mentalidad que convierte el cálculo, la medición y la optimización en criterios generales para interpretar la vida y el valor de una persona.
Hace tiempo que nos acostumbramos a hablar de las personas como recursos, capital humano, usuarios, consumidores segmentables, perfiles de riesgo o trabajadores reemplazables. Esos conceptos pueden cumplir una función práctica, pero el problema comienza cuando terminan definiendo lo que una persona vale, como si su dignidad dependiera de datos o resultados. Allí donde todo debe justificar su utilidad, también el ser humano acaba obligado a demostrar que merece un lugar.
La encíclica advierte contra la idea de que cada individuo deba “ganarse o justificar su propio valor”, atribuyendo mayor importancia a quienes resultan más eficientes y productivos. Esta lógica no nació con la inteligencia artificial, aunque esta puede volverla más poderosa y aparentemente objetiva. Un sistema automatizado clasifica, predice, selecciona y descarta mediante variables cuantificables. Cuando esa lógica se transforma en visión del mundo, lo que no puede medirse comienza a parecer irrelevante o inútil.
La dignidad humana no admite grados de acuerdo con el rendimiento. Un niño recién nacido, una persona con discapacidad severa o un anciano dependiente no valen menos que quien posee mayor autonomía o éxito económico. La igual dignidad solo puede sostenerse si el valor personal precede a las capacidades y a los resultados. Cuando ese fundamento se debilita, los derechos dejan de ser verdaderamente universales y empiezan a depender de condiciones.
No hace falta imaginar una rebelión de las máquinas ni una inteligencia artificial consciente que se vuelva contra nosotros como hemos visto en tantas películas de ficción. Alcanza con que comencemos a mirarnos según el modelo de la máquina, asumiendo que pensar es solo procesar información, que decidir consiste solo en calcular probabilidades, que educar equivale a mejorar resultados y que vivir bien significa optimizar capacidades. Esa reducción y simplificación de la realidad deja fuera casi todo aquello que hace humana una existencia: la conciencia moral, la responsabilidad, la gratuidad, la compasión, la fidelidad, el perdón y la posibilidad de cambiar.
León XIV recuerda además que el límite y la fragilidad no son simples errores de diseño. Nuestra vulnerabilidad exige cuidado, medicina, justicia y mejores condiciones de vida, pero también revela que dependemos de otros y que una sociedad realmente humana se reconoce en el modo en que trata a quienes no pueden competir en igualdad de condiciones. Una cultura obsesionada con superar todo límite corre el peligro de despreciar a quienes los encarnan de manera más visible.
La técnica ha mejorado la vida de millones de personas y puede curar, educar, comunicar y liberar de tareas pesadas. Precisamente por su poder transformador necesita orientación ética y política. No basta preguntar si un sistema funciona o reduce costos; también importa qué hábitos produce y qué idea de persona deja plasmada en las instituciones.
El progreso tecnológico merece ese nombre cuando amplía las posibilidades de una vida digna para todos, especialmente para quienes tienen menos poder. Cuando la innovación convierte a algunos en material descartable, aunque sea rentable y sofisticada, estamos ante una regresión antropológica, ante un retroceso en calidad humana.
Tal vez el mayor desafío de la era de la inteligencia artificial no sea evitar que las máquinas lleguen a parecerse demasiado a nosotros, sino impedir que terminemos comprendiéndonos a nosotros mismos según su lógica. Por eso empobrece el debate intentar clasificar de inmediato la encíclica como progresista o conservadora, anticapitalista o antimoderna. León XIV habla desde una tradición intelectual y moral de dos mil años que no identifica la dignidad humana con una ideología contemporánea. Su criterio es anterior y más radical y consiste en afirmar que ninguna persona puede ser reducida a instrumento, mercancía, dato o recurso disponible. Ni el Estado, ni el mercado, ni la mayoría social, ni el poder tecnológico pueden decidir qué vidas merecen reconocimiento y cuáles resultan prescindibles. Cuando una sociedad comienza a medir el valor humano por la utilidad, la autonomía o el rendimiento, ya ha aceptado la lógica del descarte, aunque conserve intacto el lenguaje de los derechos.
(*) Doctor en Filosofía. Máster en Bioética y magíster en Dirección de Comunicación. Profesor en la Universidad Católica del Uruguay.