Por Marcelo Sibille, Académico de Número de la Academia Nacional de Economía
Mucho menos conocida es Los desplazados (1933), una de sus primeras creaciones. Esta novela también se basa en experiencias personales pues Orwell efectivamente exploró la indigencia como “homeless” desempleado, durmiendo en albergues y deambulando con los vagabundos por las calles de Londres.
El drama social que hoy vivimos con la explosión del número de personas que vive a la intemperie me trajo el título de esta columna a la memoria. Pues, salvando el gran problema de las adicciones, que desde luego agrava y complejiza la situación actual, la reflexión que hace Orwell sobre la condición de los vagabundos, la mendicidad, los refugios nocturnos, e incluso la proporción entre hombres y mujeres, se asemeja en muchos aspectos a nuestra realidad.
El 7 de abril de 2026 (más vale tarde que nunca) el gobierno uruguayo presentó por primera vez una Estrategia Nacional Integral para el Abordaje de la Situación de Calle. El plan anunciado ciertamente luce integral a juzgar por los múltiples puntos cubiertos en el documento, y sabemos que será una de las prioridades del proyecto de ley de Rendición de Cuentas. Guardamos la esperanza de que no quede en un pomposo programa más cuyo único resultado sea la asignación de dineros públicos sin la contrapartida deseada que es la reducción de gente en situación de calle.
En Los desplazados, Orwell no se limitó a trazar su propio diagnóstico; también se animó a plantear una propuesta de política social para dignificar el nivel de vida de los susodichos sin alterar significativamente el presupuesto nacional. Y lo hace con un sentido común que roza la obviedad, basado en dos pilares fundamentales: trabajo y vivienda en modo interrelacionado. Ello supeditado a una noción macroeconómica fundamental: para consumir, es necesario primeramente producir. Aunque solo fuera por venir de quien viene, vale la pena reproducirla. Compartimos a continuación un fragmento extraído del capítulo XXXVI:
«Se sigue de aquí que la actitud de “para ellos está demasiado bien” que se adopta generalmente con los vagabundos, no es más leal que si se hiciera lo mismo con los lisiados o inválidos. Cuando se ha entendido esto, se empieza a poner uno en el lugar de un vagabundo, y comprende lo que es su vida. Es una vida extraordinariamente fútil y vivamente desagradable. He descrito el albergue ocasional —la rutina de un día del vagabundo—, pero hay tres males especiales sobre los que se necesita insistir. El primero es el hambre, que es casi el destino general de los vagabundos. El albergue les da una ración que probablemente nadie espera que sea suficiente, y todo lo que pase de eso debe ser conseguido mendigando, es decir, quebrantando la ley. El resultado es que casi todos los vagabundos están arruinados por la desnutrición; para comprobarlo, no se necesita más que mirar a los hombres alineados frente a cualquier albergue. El segundo gran mal de la vida de un vagabundo —parece menor a primera vista, pero está muy bien en segundo lugar— es que está completamente cortado del contacto con las mujeres. Ese punto merece cierta explicación.
Los vagabundos se hallan distanciados de las mujeres, en primer lugar, porque hay muy pocas mujeres en su nivel social. Uno podría imaginar que entre la gente desposeída los sexos están equilibrados; en realidad, uno casi podría afirmar que, por debajo de cierto nivel, la sociedad es enteramente masculina. Las cifras siguientes, publicadas por el L.C.C. del censo de una noche, tomado el 13 de febrero de 1931, muestra el número relativo de hombres y mujeres desposeídos:
Pasan la noche en las calles: 60 hombres, 18 mujeres.
En refugios y casas no catalogadas como casas de huéspedes: 1.057 hombres, 137 mujeres.
En la cripta de la iglesia de St. Martin: 88 hombres, 12 mujeres.
En posadas y albergues ocasionales: 674 hombres, 15 mujeres.
De acuerdo con estas cifras puede verse que el número de hombres que viven de la caridad supera al de mujeres en una proporción de 10 a 1 (....) El resultado, para un vagabundo, es que está condenado al celibato perpetuo. Porque, huelga decirlo, si un vagabundo no encuentra mujeres en su mismo nivel, las que están por encima —aunque sean muy poco por encima— se hallan tan lejos de su alcance como la luna. Las razones no vale la pena discutirlas, pero no hay duda de que las mujeres jamás —o casi nunca— condescienden con hombres mucho más pobres que ellas. Un vagabundo, por lo tanto, es un célibe desde el momento en que se lanza al camino. Y ya no tiene esperanzas de conseguir esposa, amante o cualquier otra clase de mujeres.
El otro gran mal de la vida de un vagabundo es su ocio forzoso. Por las leyes de la vagancia las cosas están de tal modo que, cuando no recorre los caminos, está sentado en una celda; o, en los intervalos, permanece tendido en tierra, esperando a que abran el albergue. Resulta evidente que esta es una manera de vivir triste y desmoralizadora, sobre todo para un hombre sin cultura.
(…) Dando por sentada la futileza de la vida de un vagabundo, la cuestión que se plantea es si se puede hacer algo por mejorarla (…) El problema es cómo transformar al vagabundo, de un ser aburrido, semi errante, en un ser humano que se respete. Un mero aumento de comodidades no puede hacerlo. Aun cuando los albergues se volvieran positivamente lujosos (eso jamás será) la vida de un vagabundo seguirá siendo desperdiciada. Será siempre un pobre de solemnidad, impedido de casarse y de llevar una vida de hogar, y perdido para la comunidad. Lo que se necesita es desempobrecerlo, y eso sólo se puede hacer encontrándole trabajo —no trabajo porque sí, sino trabajo en cuyos beneficios pueda gozar. Al presente, en la mayoría de los albergues ocasionales, los vagabundos no realizan trabajo alguno. (…) Sin embargo, hay una forma evidente de convertirlos en seres útiles, y es ésta: Cada asilo podría tener una pequeña granja, o al menos una huerta, y todo vagabundo que se presentara tendría que realizar una buena jornada de labor. El producto de la granja o huerta podría utilizarse en alimentar a los vagabundos, y en el peor de los casos siempre sería mejor que la inmunda dieta de té, pan y margarina. Claro es que los albergues nunca podrían llegar a mantenerse a sí mismos, pero podrían adelantar mucho en ese camino, y la contribución podría ser beneficiosa a la larga. Hay que recordar que, con el sistema actual, los vagabundos son una pérdida todo lo grande posible para el país, pues no solamente no realizan trabajo alguno, sino que viven con una dieta que mina su salud; el sistema, por lo tanto, hace perder vida lo mismo que dinero. Un proyecto para alimentarlos decentemente, y hacer que produzcan por lo menos una parte del alimento que consumen, valdría la pena de intentarse.
Se podría objetar que una granja, o aunque más no fuera una huerta, no podría mantenerse con trabajadores ocasionales. Pero no hay verdaderas razones para que los vagabundos no puedan estar más de un día en un albergue; podrían quedarse un mes, o hasta un año, si hubiera trabajo para ello. La constante circulación de los vagabundos es algo completamente artificial. Al presente un vagabundo es una carga para el presupuesto, y el objeto de cada asilo es, por lo tanto, empujarlo hacia el próximo; de ahí la regla de que puede quedarse sólo una noche. (…) Pero si él representara una mano de obra para el asilo, y si el asilo representara alimento saludable para él, sería otra cosa. Los asilos se convertirían en instituciones que se bastarían a sí mismas parcialmente, y los vagabundos, afincándose acá o allá, de acuerdo con su utilidad, dejarían de ser vagabundos. Realizarían un trabajo relativamente útil, tendrían una alimentación decente, y vivirían una vida sosegada. Poco a poco, si el proyecto resultara, hasta podrían dejar de ser considerados pobres de solemnidad, y serían capaces de casarse y de ocupar un lugar respetable en la sociedad.
Esta es sólo una idea esquemática, y hay algunas objeciones evidentes que hacerle. Empero, sugiere una forma de mejorar el nivel de vida de los vagabundos, sin aumentar las cargas del presupuesto. Y la solución debe ser, en cualquier caso, algo de este tipo. Porque la cuestión es ésta: ¿qué se puede hacer con hombres ociosos y desnutridos? Y la respuesta —hacerles producir su propio alimento— se impone automáticamente.»