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Regular la inteligencia artificial no es frenar la libertad
En el debate sobre inteligencia artificial, la posibilidad de abordar su regulación ha generado una falsa alarma. Y se ha instalado una alternativa infundada: o dejamos que la tecnología avance sin reglas, en nombre de la libertad y la innovación, o regulamos, como si toda regulación fuera necesariamente una forma de estatismo, censura o atraso. Es una falsa oposición, porque ninguna sociedad libre funciona sin reglas.
Fecha de publicación: 31/07/2026
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Rodrigo Goñi, presidente de la Cámara de Diputados
Por:
Rodrigo Goñi

Las reglas justas no existen para impedir la libertad, sino para hacerla posible allí donde la ausencia de límites deja a los más débiles expuestos al poder de los más fuertes.

Regulamos la velocidad en el tránsito, no porque estemos en contra de los autos, sino porque queremos que todos puedan circular sin que la imprudencia de algunos convierta la calle en una amenaza. 

Regulamos el consumo de alcohol al conducir, no porque despreciemos la libertad personal, sino porque una decisión individual puede poner en riesgo la vida de terceros. 

Regulamos medicamentos, alimentos, contratos financieros, publicidad dirigida a menores y condiciones laborales, no para bloquear la actividad económica, sino para proteger a quienes están en situación de mayor vulnerabilidad, menor información o menor poder de negociación.

Con la inteligencia artificial ocurre algo similar, aunque con un alcance todavía más profundo. Ya no hablamos solo de una herramienta útil, sino de sistemas capaces de intervenir en el acceso al empleo, al crédito, a la educación, a la salud, a los servicios públicos, a la información y a la reputación de las personas. Cuando una tecnología clasifica, recomienda, excluye, prioriza, vigila o decide, la pregunta es bajo qué criterios, con qué transparencia, con qué garantías y con qué mecanismos de defensa para los ciudadanos.

Quien se opone por principio a toda regulación de la inteligencia artificial debería explicar por qué considera más libre una sociedad donde unas pocas corporaciones, muchas veces transnacionales, deciden sin suficiente transparencia sobre información, perfiles, oportunidades, reputaciones y condiciones de acceso. 

La ausencia de regulación no elimina el poder; solo lo deja en manos de quienes ya lo tienen.

Una política prudente sobre inteligencia artificial no debe nacer del miedo, ni de la improvisación, ni de la hostilidad hacia la innovación. Debe nacer de una consulta pública amplia, seria y técnicamente fundada. Escuchar a empresas, universidades, expertos, educadores, familias, trabajadores, organizaciones sociales y ciudadanos no es frenar el progreso. Es darle legitimidad democrática. Es distinguir riesgos reales de temores infundados. 

Es separar la innovación genuina de los usos abusivos. 

Es evitar que la legislación llegue tarde, cuando los daños ya se hayan normalizado.

La regulación bien pensada también puede favorecer la innovación. Los emprendedores serios necesitan previsibilidad jurídica, reglas claras y confianza pública. Ningún ecosistema tecnológico sano crece indefinidamente sobre la sospecha, la opacidad o el abuso. 

Cuando hay criterios transparentes sobre protección de datos, trazabilidad, responsabilidad, sesgos, uso en menores, impactos laborales y mecanismos de apelación, se protege a los ciudadanos y se ofrece un marco estable para quienes quieren desarrollar tecnología de modo responsable.

Desde una perspectiva liberal bien entendida, regular la inteligencia artificial no debería verse como una amenaza automática. La libertad no es solo ausencia de Estado. También exige límites a cualquier poder capaz de condicionar la vida de las personas sin control, sin responsabilidad y sin posibilidad real de reclamo. Una persona no es más libre porque un algoritmo opaco influya en su acceso al crédito, al empleo, a la educación o a la información sin que pueda comprender, impugnar o corregir esa decisión.

Por eso, la pregunta no es “regulación sí o regulación no”, planteada como consigna ideológica. La pregunta seria es qué tipo de regulación necesitamos: proporcional, técnicamente informada, compatible con la innovación, respetuosa de la libertad como pilar esencial de la democracia, centrada en la persona y especialmente atenta a los más vulnerables.

Uruguay tiene que innovar más, incorporar nuevas tecnologías, formar talento, desarrollar capacidades propias, atraer inversión, mejorar servicios públicos y privados, y participar activamente en esta nueva era digital. Pero la innovación verdadera y sostenible no puede separarse nunca de la responsabilidad.

El país no necesita una cruzada contra la inteligencia artificial, sino buscar el equilibrio. Necesita una conversación pública responsable antes de que las decisiones queden tomadas de hecho por la velocidad del mercado, la presión de las plataformas o la indiferencia política. 

Regular bien no es frenar el futuro. Es evitar que el futuro sea diseñado solo por quienes concentran poder tecnológico, económico e informacional. Es poner la inteligencia artificial al servicio de la persona, de la libertad y del bien común. Poner la inteligencia artificial al servicio de la dignidad humana y no al revés.

 

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