Si se compara el Uruguay de hace 45 años con el actual, ¿cuál considera que fue la transformación más profunda en el trabajo y la seguridad social?
Creo que una de las transformaciones más profundas es que se fue ampliando la idea de la protección social. Durante mucho tiempo, cuando se hablaba de seguridad social se pensaba en jubilaciones, pensiones y cobertura frente a algunos riesgos laborales. Todo eso sigue siendo central, pero hoy entendemos la seguridad social como una red que acompaña a las personas a lo largo de toda la vida.
En ese cambio, la protección a la infancia ocupa un lugar muy relevante. El avance más grande en este sentido comenzó a procesarse en las últimas dos décadas, donde Uruguay avanzó en reconocer que la seguridad social no empieza al final de la vida laboral, sino desde el embarazo, la primera infancia, la niñez y la adolescencia. Las asignaciones familiares se ampliaron a personas no contribuyentes a la seguridad social, poniendo el énfasis en la protección y el desarrollo de los niños, niñas y adolescentes. Las transferencias dirigidas a hogares en situación de vulnerabilidad, las licencias vinculadas al nacimiento y los apoyos al cuidado forman parte de una misma mirada: proteger trayectorias de vida y no solamente atender problemas cuando ya ocurrieron.
Eso es muy importante porque la desigualdad también se construye desde temprano. Si una niña o un niño crece con más protección, tiene más posibilidades de desarrollar sus capacidades. Y eso, además de ser una política social, es una apuesta al futuro del país.
La creación del Sistema Nacional de Cuidados en 2015 es también un hito en el sentido de ampliar el radio de acción de la seguridad social hacia otras prestaciones.
También cambió mucho el mundo del trabajo. Pasamos de trayectorias laborales más lineales y una organización familiar donde trabajaba el hombre, a que las mujeres se incorporaran al mercado de trabajo, trayectorias laborales más diversas, cambios tecnológicos acelerados y nuevas formas de vinculación laboral.
Gran parte de los sistemas previsionales fueron diseñados para una sociedad con trayectorias laborales más estables y una expectativa de vida menor. ¿Qué desafíos plantea el nuevo escenario demográfico para las próximas décadas?
Vivimos más años, especialmente las mujeres, y hay menos nacimientos. El envejecimiento, si bien implica un desafío desde el punto de vista financiero para los sistemas, no es un problema en sí mismo. Es el resultado de avances sanitarios, sociales y económicos que indican que la sociedad ha alcanzado un estándar de desarrollo más elevado. El punto es que esa buena noticia exige adaptar nuestras instituciones.
Uruguay es un país envejecido y va a seguir envejeciendo. Eso implica que habrá más personas mayores, durante más tiempo, y proporcionalmente menos personas en edad de trabajar. Esto plantea varios desafíos al mismo tiempo: cómo sostener el financiamiento del sistema, cómo asegurar prestaciones suficientes, cómo acompañar la dependencia y los cuidados, y cómo evitar que las discusiones se reduzcan únicamente a una cuenta fiscal.
La sostenibilidad financiera importa para mantener derechos en el tiempo, pero también importan la suficiencia de las prestaciones y la calidad de vida de las personas. El desafío es equilibrar la responsabilidad financiera y la protección efectiva.
También tenemos que pensar en las trayectorias de trabajo reales. Muchas personas no llegan a la edad de retiro con historias laborales perfectas. Hay interrupciones, períodos de informalidad, cuidados no remunerados, desempleo o trabajos independientes. Eso afecta especialmente a las mujeres. Un sistema previsional justo tiene que mirar esas trayectorias, porque si solo mira el empleo formal continuo, deja afuera parte de la realidad.
Por eso, es necesario dialogar permanentemente sobre cómo organizamos el trabajo, los cuidados y la solidaridad intergeneracional. Las políticas tienen que apostar a un incremento de la productividad de la población que esté en edad de trabajar, para que el producto de la economía crezca y se generen los recursos necesarios para sostener el sistema.
¿Cómo debería evolucionar la seguridad social para acompañar los cambios que estamos viendo en el mercado laboral, tales como la automatización, la inteligencia artificial y las nuevas formas de empleo?
Tiene que evolucionar sin perder su esencia. Puede cambiar la tecnología, la forma de trabajar, los vínculos laborales, pero la seguridad social debe seguir protegiendo a las personas.
Hoy vemos trabajos más fragmentados, personas que combinan varias actividades, empleo independiente, plataformas digitales, teletrabajo, automatización e inteligencia artificial. Frente a eso, la seguridad social tiene que adaptarse. Una manera de adaptarse es tener un sistema multipilar, que combina subsidios con contribuciones de los que participan en las diferentes políticas.
Tenemos que facilitar la formalización, reducir barreras administrativas, mejorar la interoperabilidad entre organismos y usar mejor la información pública.
Está claro que debemos aprovechar el avance tecnológico a nuestro favor para dar respuestas oportunas, facilitar el acceso a la información y posibilitar, en cuanto sea posible, la realización de trámites a distancia, pero la digitalización no puede transformarse en una nueva forma de exclusión que obligue a todos a hacer todo a través de una pantalla.
Debemos mejorar nuestras respuestas incorporando tecnología del mostrador hacia adentro, sin perder un trato humano, cercano y claro, brindando soluciones en tiempos razonables. Esta es una de nuestras principales líneas de trabajo.
Por otra parte, la inteligencia artificial también nos obliga a pensar en el empleo del futuro. Si algunos puestos cambian o desaparecen, las políticas de seguridad social tienen que dialogar mucho más con la formación, la reconversión laboral y la protección a aquellos que puedan quedar desplazados del mercado de trabajo a edades avanzadas.
Mirando hacia adelante, ¿qué políticas públicas serán más importantes para sostener el bienestar y la inclusión social en los próximos 45 años?
Yo pondría en primer lugar las de infancia y cuidados. Si queremos un Uruguay más integrado dentro de 45 años, tenemos que invertir hoy en primera infancia, en acompañamiento familiar, en educación, en salud, en alimentación, en crianza y en cuidados. No hay política más estratégica que esa.
La protección a la infancia no es un gasto meramente asistencialista. Es una inversión social de largo plazo. Lo que el Estado hace en los primeros años de vida tiene efectos en el desarrollo de las personas y por tanto en el crecimiento de la economía en el futuro. Son estos niños que nos van a pagar la jubilación en el futuro.
También serán fundamentales las políticas de empleo y formación. La inclusión social depende mucho de la posibilidad de acceder a un trabajo decente, con derechos, con ingresos suficientes y con capacidad de adaptarse a los cambios tecnológicos. La educación y la formación durante toda la vida van a ser cada vez más importantes.
Otro eje clave es el sistema de cuidados. Uruguay necesita fortalecer la corresponsabilidad en los cuidados, porque impacta en las personas mayores, la infancia, las personas con discapacidad y, especialmente, en las mujeres. Avanzar en esta agenda es promover igualdad, empleo y protección social.
En materia de seguridad social, tendremos que seguir trabajando en un sistema sostenible, suficiente y comprensible. A veces las personas sienten que la seguridad social es lejana, difícil, llena de trámites y lenguaje técnico. Tenemos que acercarla, explicarla mejor y simplificar el acceso a los derechos.
¿Qué significa para usted el rol que cumple el BPS en la vida de los uruguayos?
A veces hablamos de seguridad social como si fuera un tema técnico reservado a especialistas. Tiene una dimensión técnica, jurídica y financiera, pero en realidad estamos hablando de algo muy cotidiano: qué respaldo tiene una familia cuando nace un hijo, qué pasa cuando una persona enferma, cuando pierde el trabajo, cuando envejece, cuando necesita cuidados o cuando llega el momento de jubilarse.
El BPS está presente en muchos de esos momentos. Por eso tenemos una enorme responsabilidad. No somos solamente una institución que paga prestaciones. Somos parte de la forma en que el Estado acompaña a las personas a lo largo de su vida.
El desafío es hacerlo cada vez mejor, con más cercanía, con más claridad, con mejor gestión y con sensibilidad. Porque detrás de cada trámite hay una persona que espera una respuesta. Esa idea es sencilla, pero para mí es central.