Veamos.
Hace cuatro décadas y media, a nivel mundial, se comerciaban fundamentalmente mercancías, mientras que hoy en día se comercial bienes, servicios, conocimiento, propiedad intelectual, datos, software, plataformas digitales, logística, confianza regulatoria, y ainda mais. Y este cambio explica prácticamente todas las transformaciones posteriores.
Ahora bien, cuando Crónicas Económicas inició su publicación no existía la OMC, China prácticamente no participaba del comercio mundial, internet no existía comercialmente; el Mercosur todavía no había nacido, y la logística seguía siendo predominantemente documental y analógica.
Pocas actividades económicas experimentaron una mutación tan acentuada y omnicomprensiva como el comercio internacional durante estos 45 años.
Varios paradigmas fueron variando a lo largo del periodo referido. Desde esta óptica, el primer paradigma, esto es, el gran consenso de fines del siglo XX era: “cuantos menos obstáculos existieran al comercio, mayor sería el crecimiento económico obtenido”.
Los hitos más relevantes de este ciclo fueron: la culminación de la “Ronda Uruguay del GATT” y el consiguiente nacimiento de la OMC; la creación del Mercosur, la consolidación de la Unión Europea y la verdadera “explosión” de la globalización.
Luego surge un segundo paradigma, al que podríamos denominar como “globalización madura”. Este fenómeno, se erige sobre un nuevo concepto estratégico a nivel del comercio internacional: “ya no basta con comerciar más, ahora lo que importa es producir en distintos países”. Por ello, lo verdaderamente significativo pasa a ser: la generación de “cadenas globales de valor”; la posibilidad de colocar la mercadería just in time; el uso masivo del contenedor; y la aplicación de una verdadera “logística integrada”. La fábrica deja de estar en un solo país, y comienza a “repartirse por el mundo”. Los productos incorporan trabajo realizado en decenas de países distintos.
Por último, el tercer paradigma se erige sobre la idea de que el comercio deja de ser solamente comercio, y pasa a integrarse –de manera inescindible– con la seguridad nacional, la tecnología, el medio ambiente, la energía, la propiedad intelectual, y –sobre todo– la competencia estratégica.
Ya no se habla solamente de aranceles y restricciones no arancelarias. Ahora se habla también de semiconductores, inteligencia artificial, “minerales raros”, carbono, chips y ciberseguridad.
Y todos estos cambios, excepcionales y extraordinarios, han afectado de manera directa a varias instituciones, entre ellas, una trascendente en materia de comercio internacional: la Aduana, o las “Aduanas”.
Durante décadas se entendía que la Aduana tenía tres funciones principales, a saber: recaudar; controlar, y, más cerca en el tiempo, facilitar. Pero hoy en día eso resulta ser insuficiente.
La Aduana se ha convertido progresivamente en una verdadera autoridad de gobernanza económica que, hoy en día –con un enfoque transversal– ya no controla únicamente el ingreso y egreso de mercaderías, sino que ejerce un control integral sobre materias tan diversas como las sanciones económicas, la propiedad intelectual, el origen y el valor de las mercaderías, la seguridad de las cadenas logísticas, la facilitación del comercio y el cumplimiento de crecientes exigencias regulatorias. Y ello porque la frontera ya no constituye únicamente el lugar donde ingresan y salen mercancías, sino que constituye uno de los espacios donde el Estado controla, gestiona y administra “riesgos económicos”.
Y los últimos 45 años no solo cambiaron al comercio internacional; también cambiaron aquello que el comercio internacional considera valioso.
En 1981, el valor estaba asociado principalmente a bienes físicos: acero, lana, carne, automóviles o maquinaria. Hoy, una parte creciente del valor económico se concentra en activos intangibles: software, marcas, patentes, datos, algoritmos, diseño, conocimiento y servicios. Esa transformación explica por qué el comercio internacional moderno ya no puede entenderse únicamente desde la perspectiva de las mercaderías.
Quizás el cambio más profundo de estas cuatro décadas y media no haya sido el crecimiento del comercio, sino la transformación de su naturaleza. El comercio internacional dejó de ser un sistema destinado exclusivamente a facilitar el intercambio de bienes para convertirse en una “arquitectura global de gobernanza económica”, en la que convergen tecnología, logística, regulación, sostenibilidad, propiedad intelectual, seguridad económica y geopolítica. Comprender esa nueva realidad será decisivo para los próximos 45 años.
Continuación
Los últimos 45 años demostraron –además– que el comercio internacional nunca permanece inmóvil. Cada transformación tecnológica termina produciendo una transformación económica y, más temprano que tarde, una transformación jurídica e institucional.
Si el GATT simbolizó la liberalización del comercio de mercancías y la OMC consolidó un verdadero “sistema multilateral” basado en reglas para bienes, servicios y propiedad intelectual, el tiempo presente parece anunciar un nuevo paradigma, caracterizado por la convergencia entre comercio, tecnología, sostenibilidad, seguridad económica y geopolítica.
Comprender esa transición constituye probablemente uno de los mayores desafíos para quienes diseñan políticas públicas, interpretan el derecho comercial internacional y participan diariamente en el comercio exterior.
En ese complejo recorrido, publicaciones especializadas como Crónicas Económicas no solo han sido testigos privilegiados de la evolución del comercio mundial, sino también protagonistas en la difusión y comprensión de los cambios que marcaron a varias generaciones de operadores económicos y jurídicos, públicos y privados.
El Mercosur y el Acuerdo Mercosur–Unión Europea: Un pasado de incertidumbres y un futuro de expectativas
Un capítulo aparte merecen estos dos “acuerdos comerciales preferenciales”. ¿Por qué?, porque desde la perspectiva uruguaya, constituyen probablemente el acontecimiento institucional más importante de estos 45 años en materia de comercio exterior.
El Tratado de Asunción representó mucho más que un acuerdo comercial. Para Uruguay, implicó una decisión estratégica: insertarse internacionalmente a través de un proceso de integración con sus principales vecinos.
En aquellos años predominaba el llamado regionalismo abierto. Se entendía que los acuerdos regionales no debían reemplazar al multilateralismo del GATT, sino complementarlo. El Mercosur simbolizaba economías de escala, eliminación gradual de barreras, unión aduanera y mercado común, mayor poder negociador frente al resto del mundo. Y para Uruguay era, además, una forma de reducir la asimetría propia de un país pequeño.
Y hubo una etapa, en la cual el comercio intrazona creció de manera significativa, y se logró comenzar a consolidar un “Arancel Externo Común”; algunos mecanismos institucionales; avanzar a pie puntillas con respecto a la libre circulación para gran parte de los bienes; e intentar progresar sobre una integración productiva en algunos sectores. Fue probablemente la época de mayor optimismo.
Pero, en algún momento, este “proyecto conjunto” dejó de progresar al ritmo que evolucionaba el comercio mundial. Así, mientras el mundo discutía sobre comercio electrónico, servicios, “cadenas globales de valor”, y economía digital, el Mercosur siguió concentrado en problemas clásicos: excepciones al “Arancel Externo Común”; licencias; restricciones internas; asimetrías; dificultades jurídicas, institucionales y –sobre todo, políticas– para negociar con terceros. Esa diferencia entre la velocidad del mundo y la velocidad del Mercosur explica buena parte de las críticas que ha recibido.
Y es por ello que, más que redefinición, como piden algunos, el Mercosur necesite menos discusión sobre su existencia y más discusión sobre su actualización. En ese contexto, el Mercosur, más que una “crisis de identidad”, hoy en día enfrenta un “desafío de renovación”.
Otro cantar es el “Acuerdo Mercosur–Unión Europea”, ya que el mismo no constituye únicamente un tratado de liberalización comercial. Representa el encuentro entre dos procesos de integración que, aunque surgidos en contextos históricos diferentes, comparten una misma convicción: que la cooperación, el respeto a las reglas y las instituciones constituyen instrumentos esenciales para promover el desarrollo, la estabilidad y la prosperidad.
Pocos acuerdos comerciales reúnen un grado de afinidad cultural comparable, y es por eso que el acuerdo trasciende lo económico y constituye –en cierta medida– una reafirmación de una comunidad histórica.
Síntesis y conclusión
En los últimos 45 años el comercio internacional atravesó tres grandes paradigmas: el paradigma de la liberalización comercial (GATT); el paradigma de la “globalización regulada” (OMC), y; el paradigma emergente de la “gobernanza económica”, en el que comercio, tecnología, sostenibilidad y geopolítica interactúan de manera inseparable.
Los próximos 45 años seguramente revolucionarán al comercio internacional con un impacto y una velocidad aún mayor que la experimentada hasta ahora. La inteligencia artificial, la economía digital, la sostenibilidad, la seguridad económica, la necesaria protección medioambiental, la reorganización de las “cadenas globales de valor” y la competencia tecnológica redefinirán nuevamente las reglas del intercambio y del fair play comercial entre las naciones. Seguramente variarán mercados, cambiarán las tecnologías y la arquitectura institucional del comercio mundial.
Pero, más allá de esta lógica incertidumbre, lo que es seguro que seguirá existiendo es la urgencia por comprender esos cambios con profundidad, interpretarlos con espíritu crítico y transmitirlos con independencia y rigor. Y en ese escenario, emprendimientos culturales como Crónicas Económicas están llamados a pervivir.
A modo de colofón: un merecido reconocimiento personal
En este sentido, el aniversario de Crónicas Económicas constituye mucho más que la celebración de una trayectoria editorial excepcional.
Es también el reconocimiento a una obra personal. Durante 45 años, Jorge Estellano ha sabido conducir este semanario con una combinación, muy poco frecuente, de profesionalismo, honestidad intelectual, perseverancia, don de gente, liderazgo y compromiso con la calidad de la información.
En un tiempo en el que la inmediatez y la superficialidad suelen desplazar al análisis, y la opinión rápida muchas veces sustituye al examen metódico, mantener durante 45 años un medio especializado, respetado y creíble constituye un mérito extraordinario. Buena parte del prestigio alcanzado por Crónicas Económicas es inseparable del prestigio profesional y humano de su fundador y director, cuya visión y dedicación han convertido al semanario en un ámbito de referencia para varias generaciones de empresarios, profesionales y responsables de las políticas públicas.
Así como el comercio internacional continuará transformándose en las próximas décadas, también seguirá siendo imprescindible contar con espacios capaces de explicar esos cambios con seriedad, equilibrio y conocimiento. Si los primeros 45 años de Crónicas Económicas coincidieron con la transición desde el GATT hacia un mundo marcado por la globalización, la integración regional y el surgimiento de un nuevo paradigma comercial en el que convergen tecnología, sostenibilidad y geopolítica, cabe esperar que los próximos 45 años encuentren al semanario ejerciendo la misma función que ha cumplido desde sus orígenes: contribuir a comprender y explicar un mundo cada vez más complejo. Porque, al fin y al cabo, las transformaciones económicas pueden modificar las reglas del comercio, pero son las instituciones y las personas que las interpretan con sapiencia las que terminan construyendo la memoria y la inteligencia de una comunidad.
El futuro dirá.
(*) Especialista en Derecho Aduanero y Comercio Internacional. Correo electrónico: pablo@labandera.com.uy