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¿Será la IA la innovación que llevará a cumplir la visión de John Maynard Keynes para el 2030?
Cada revolución tecnológica reabre la misma discusión sobre si el “desempleo tecnológico”, término acuñado por John Maynard Keynes en su ensayo Economic Possibilities for our Grandchildren de 1930, será un nuevo ajuste de corto plazo o se transformará en un fenómeno estructural.
Fecha de publicación: 28/08/2026
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Por:
Redacción

Quizás sea porque estamos inmersos en un bombardeo de nuevos modelos de Inteligencia Artificial Generativa (IA) que se superan semana a semana, donde además parece estar cada vez más cerca el momento en que los modelos de IA se automaticen totalmente, pero esta vez podría ser diferente. El que 1.300 trabajadores de las empresas líderes de IA firmaran una petición para frenar el explosivo avance de esta tecnología, preocupa aún más.

Tal es la magnitud del cambio, que surgen opiniones sobre si el trabajo asalariado, como lo conocemos desde la revolución industrial, seguirá siendo el centro de la vida económica de las personas. Menos empleados, menos horas, menos días a la semana o combinaciones de estas alternativas son posibilidades sobre cómo se organizará el trabajo tras la adopción plena de la IA.

Si bien Keynes trataba en su ensayo el desempleo tecnológico como un fenómeno transitorio, vaticinó que si la productividad continuaba creciendo, se requeriría cada vez menos trabajo humano y que hacia el 2030 alcanzarían 15 horas de trabajo semanales para satisfacer las necesidades económicas. ¿Pero implicaba esto una reducción efectiva de las horas trabajadas?

Noventa y seis años después, los líderes que están provocando la revolución como Musk, Huang, Amodei, Altman o Andreessen, entre otros, parecen estar inspirándose en su ensayo.

La utopía de la abundancia

Elon Musk sostiene la posición más extrema. En sucesivas apariciones públicas plantea que, en un escenario optimista, la mayoría de las personas dejará de tener un empleo y que el dinero perderá relevancia a medida que la IA y la robótica multipliquen la producción de bienes y servicios. Musk habla de un "ingreso universal alto", en contraposición a uno básico, financiado por el Estado, en un mundo donde trabajar será opcional, casi un pasatiempo, como jugar al golf o cultivar una huerta. Le calcula a ese escenario una probabilidad del 80%, aunque reconoce que si las cosas salen mal, estaremos en serios problemas. Incluso avanza un paso más y plantea que el desafío ya no será económico sino existencial: si las máquinas hacen todo mejor que nosotros, ¿dónde se encontrará el sentido de la vida?

El trabajo asalariado suele ser, para la mayoría de las personas, la fuente más ordenada de rutina, identidad y pertenencia social. Ya lo decía Keynes también en 1930, que la humanidad fue entrenada durante milenios para trabajar y sobrevivir, y que no está preparada culturalmente para disfrutar el ocio sin ansiedad. La duda que quedaría pendiente es si ese propósito tiene que llegar necesariamente por la vía de un empleo remunerado, o si la sociedad es capaz de construir otras estructuras que cumplan la misma función.

Jensen Huang, de Nvidia, tiene un enfoque un poco menos drástico, aunque su optimismo es igual de firme. Rechaza de plano la idea de que la IA reduzca el empleo agregado -llegó a calificarla de "un sinsentido total"- y sostiene que la tecnología genera más contratación, no menos, porque libera capacidad para llevar adelante ideas que antes no había tiempo para desarrollar. Su pronóstico no es el de Musk: no habrá menos trabajo, habrá trabajo distinto, y probablemente más intenso. Los trabajos de todos van a cambiar, afirma, con la salvedad de que la pérdida de puestos solo ocurre si una economía se queda sin ideas nuevas que absorban la productividad liberada. Es una hipótesis optimista pero depende de la capacidad de cada economía de generar proyectos nuevos al ritmo en que la máquina libera manos y cabezas.

Marc Andreessen, del fondo de private equity Andreessen-Horowitz, activo inversor en la industria, defiende la versión más combativa del optimismo tecnológico. En su "Manifiesto tecno-optimista" de 2023 argumenta que el miedo al desempleo tecnológico es un pánico recurrente desde hace siglos, siempre equivocado, y que cualquier freno regulatorio a la IA podría impedir salvar vidas por el avance de la medicina. Es un crítico frontal de cualquier esquema de ingreso básico universal, al que describe como un mecanismo que convertiría a las personas en animales de zoológico mantenidos por el Estado. Su apuesta es que el mercado, sin intervención, generará empleos mejores de los que destruye. El propio Andreessen, sin embargo, ironizó reconociendo que su oficio, el de inversor de riesgo, seguirá necesitando del juicio humano porque depende de una intuición que la máquina no replica.

La advertencia desde adentro

Frente a este bloque optimista está la voz de Dario Amodei, CEO de Anthropic, que viene sosteniendo, desde mediados de 2025, que la IA podría eliminar hasta la mitad de los puestos de entrada de tipo administrativo y profesional, y llevar el desempleo al 10 - 20% en un plazo de uno a cinco años, concentrado en finanzas, derecho, consultoría y tecnología. Propone gravar con impuestos a las compañías que se benefician de esa transición para financiar la reconversión de quienes pierdan su lugar. Los datos de recortes de puestos de tecnología y congelamiento de contrataciones en puestos junior abundan. Aunque algunos hacen una segunda lectura, que buena parte de esos despidos no los explica la IA sino la corrección de una sobrecontratación pospandemia y que adjudicarlo a la IA es la causalidad que Wall Street “digiere” mejor.

Entre ambos extremos se ubica Sam Altman, de OpenAI, que suele hacer la comparación con el caso del farolero que mientras encendía faroles a gas no podía imaginar la prosperidad del mundo eléctrico que vendría después; hoy tampoco podemos imaginar del todo lo que seguirá después. Altman coincide con Andreessen en que la solución no pasa únicamente por transferencias estatales -llegó a decir que un ingreso básico universal no alcanzará- pero, a diferencia de él, no niega que la transición va a doler; su apuesta es que, mirado con la perspectiva de una década, el balance será ampliamente positivo. Es, en el fondo, un optimismo con más matices que el de Musk y menos beligerancia que el de Andreessen, aunque comparta con ambos la convicción de fondo: la tecnología termina generando más de lo que quita.

¿Menos puestos, menos horas o menos días?

Viene bien recordar que los orígenes de la semana de cinco a seis días y ocho horas tiene más de 200 años. El lema "ocho horas de trabajo, ocho de recreo, ocho de descanso" es de Robert Owen, un empresario textil galés que lo formuló en 1817 en plena Revolución Industrial, cuando las jornadas de 12 a 16 horas eran la norma. Tardó un siglo en generalizarse: la Organización Internacional del Trabajo (OIT) recién la fijó como estándar en 1919, Estados Unidos la llevó a ley federal en 1938, y Uruguay la había establecido ya en 1915, entre los primeros países del mundo en hacerlo.

Menos horas o menos días ya lo planteaba Keynes en 1930, cuando imaginaba que sus nietos trabajarían apenas quince horas semanales. Lo veía como una consecuencia lógica e inevitable de la acumulación de capital: si el stock de capital y la productividad siguen creciendo al ritmo compuesto que él proyectaba, la cantidad de trabajo necesaria para cubrir las necesidades absolutas (comida, vivienda y abrigo) de una persona se reduce casi automáticamente, sin que haga falta ninguna decisión política para provocarlo.

Sin embargo, Keynes sostenía que también existen las necesidades relativas que dependen de la comparación con otras personas -estatus, riqueza, posición- y estas pueden ser ilimitadas. Entonces, no se estaría cumpliendo su visión, entre otras razones porque la sociedad prefirió consumir más en vez de trabajar menos. Y hoy vuelve a discutirse con el mismo argumento de fondo actualizado: si una IA hace en dos horas lo que antes llevaba ocho, la pregunta de política pública es si esa ganancia se reparte en salario, en tiempo libre o se la queda enteramente el capital.

Jamie Dimon, CEO de JPMorgan, viene sosteniendo justamente esto: en su carta anual a los accionistas y en varias entrevistas afirmó que, dentro de treinta años, sus hijos probablemente trabajarán tres días y medio por semana gracias a la IA, y que la próxima generación va a poder salir a caminar más, aunque también reconoce que la tecnología definitivamente va a eliminar algunos empleos y que hace falta un plan de reentrenamiento y reubicación antes de que eso ocurra.

La lectura para una economía como la nuestra

Cuando pensamos los efectos en economías con menor desarrollo tecnológico, en general se afirma que el impacto sería menos profundo al comienzo. El FMI estima 26% de puestos afectados versus 60% de países desarrollados, pero luego, el rezago frente a las economías desarrolladas se profundizaría. A esto se suma, en nuestro caso, un mercado laboral rígido, amplia red de seguridad social y un entramado de pequeñas empresas con una capacidad de absorción muy distinta a la de una economía que esté en la vanguardia tecnológica y pueda aprovechar mejor la ganancia de productividad. A pesar de esta realidad podríamos decir que el propio debate de Keynes ya está instalado en nuestro país, aunque todavía nadie lo cruce con la IA: la Confederación de Sindicatos Industriales lanzó la campaña "Más tiempo, más vida" para bajar la jornada industrial de 48 a 40 horas semanales sin rebaja salarial, que habla de un rezago uruguayo frente a la tendencia internacional. Las cámaras empresariales responden con lógica y razón; reducir la jornada sin una mejora previa de productividad encarece el costo laboral en una economía que ya arrastra una brecha de competitividad frente a la región y a los países desarrollados. El reciente acuerdo en el sector de la construcción de reducir la semana laboral en cuatro horas en cuatro años también va en el mismo sentido, a pesar que los efectos de la IA todavía no llegaron. Claro que en un sector no transable los efectos negativos de estos cambios son menos evidentes.

Con la fecha ya en la mira corta, si bien el planteo de Keynes seguramente no se va a cumplir en los cuatro años restantes, probablemente no se dé nunca por no considerar justamente las preferencias de las personas que los empuja a seguir trabajando. Pero lo que sí parece claro es que frente al cambio tecnológico de la IA y la robotización, los dilemas a resolver nuevamente son: cómo administrar la transición para no frenar el desarrollo tecnológico minimizando los efectos negativos sobre el bienestar general de la población y cómo será la distribución del dividendo de productividad de la IA entre capital, trabajo y tiempo libre.

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