En Montevideo, el cambio no ocurrió de un día para otro, fue un goteo invisible de pequeñas renuncias individuales y colectivas. Cerrar con doble pestillo un poco más temprano, dudar antes de sentarse a tomar unos mates en la vereda al atardecer, cambiar la ruta de caminata desde la parada del ómnibus hacia nuestra casa, o mirar dos veces antes de abrir el portón del garaje.
En las conversaciones de boliche, en la fila de la carnicería o en las charlas entre vecinos al borde de la reja, hay una constante que atraviesa a toda la capital, sin importar el barrio ni el código postal, la sensación de que las reglas del juego en la calle mutaron. Lo que antes era un episodio aislado o un titular lejano, hoy convive con la rutina diaria de miles de vecinos y familias enteras.
Hablamos del crimen organizado como si fuera un fenómeno abstracto, un concepto importado del análisis sociológico o de las series de televisión. Pero para el vecino de a pie, el crimen organizado no es una definición académica, es el ruido de una moto a toda velocidad que interrumpe la calma de la noche, el temor a que una bala perdida no pida documento en la esquina, o la resignación de ver cómo las economías ilegales van cooptando espacios que antes pertenecían al tejido social, al club de barrio, a la plaza iluminada.
Existe un contraste profundo entre el lenguaje institucional lleno de planes, debates sobre competencias, acusaciones cruzadas e indicadores y el sentimiento de quien se levanta a las cinco de la mañana para ir a trabajar. Quien espera el ómnibus a oscuras en una parada periférica no piensa en términos de macroseguridad ni en disputas presupuestarias, lo único que piensa es en llegar sano a su casa, en que sus hijos vuelvan sin sobresaltos de la escuela o el liceo y en recuperar la tranquilidad de vivir en una comunidad donde los vecinos se conocen y se cuidan.
Ese tejido social, el más valioso que construyó la historia uruguaya, es el que hoy está bajo presión. El verdadero desafío que enfrenta la sociedad montevideana trasciende las lógicas partidarias y las recetas mágicas. No se trata únicamente de contar patrulleros o endurecer discursos en los micrófonos, se trata de restablecer la confianza en que el Estado y la comunidad son capaces de garantizar la libertad fundamental de habitar la ciudad sin miedo.
La contratapa de hoy no busca señalar culpables desde una tribuna, sino darle escala humana a lo que nos pasa. Recuperar la seguridad no es una consigna electoral, es una urgencia de convivencia, es devolverle al vecino, al trabajador, la certeza de que la calle también le pertenece. Es entender que el crimen organizado no solo roba pertenencias o vidas, sino que busca robarnos la serenidad con la que históricamente caminamos por esta ciudad.
Mientras las discusiones de autoridades de gobierno y políticas continúan, la gente en los barrios sigue haciendo su vida por su parte, abriendo el comercio temprano, cuidando al hijo del vecino, levantando la persiana y sosteniendo la vida cotidiana a fuerza de trabajo y dignidad. Esas voces, las que sufren el problema, también sostienen la esperanza de una ciudad en paz, son las que merecen ser escuchadas con urgencia, empatía y, sobre todo, respuestas concretas.
(*) Consultor y analista senior en seguridad, crimen organizado y terrorismo. Director de The Guardian Group.