-La economía cayó un 0,8% en el segundo trimestre del año y compromete la meta de crecimiento establecida por el Ministerio de Economía y Finanzas (MEF). ¿Cómo analiza este resultado?
-A grandes rasgos, tenemos una caída del 0,8% que no es sorpresiva. Los indicadores del nivel de actividad lo venían advirtiendo, sabíamos que la sequía de verano iba a afectar la producción a nivel primario y así fue. Entonces, en ese sentido, no es sorpresivo. La caída del segundo trimestre no debe ser un dato alarmante en sí, precisamente porque está bastante condimentado por este shock transitorio, que es la sequía de verano. Y, al ser transitorio ese shock, cuando se disipe dejará de operar y no vamos a caer a esta tasa a la que estamos cayendo. De hecho, para el tercer y cuarto trimestre, prevemos que habrá un crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) desestacionalizado.
-Pero, ¿qué hay detrás de ese shock? ¿Qué señales da la tasa de crecimiento potencial?
-Hay que tener en cuenta que, aun si filtramos este shock transitorio de la sequía de verano, sigue quedando gusto a poco, porque la tasa de crecimiento potencial sigue estando por debajo de los niveles potenciales que uno se imagina, que deberían estar más cerca del 2%. Esperamos que, para este año, el crecimiento ronde el 1%, que es bastante por debajo de lo que proyecta el gobierno, que incluso ya había ajustado a la baja sus proyecciones. Entonces, aun quitando el efecto transitorio de este shock, el crecimiento visto en el largo plazo sigue sin ser muy vigoroso. De los grandes temas de la macroeconomía que hoy tenemos sobre la mesa, la insuficiente tasa de crecimiento es el principal, y es algo con lo que cargamos desde hace 10 años. Se da una situación paradójica, porque los indicadores que más inciden en la vida de la gente son el salario real y el empleo. Y estos indicadores no están teniendo un mal comportamiento. La tasa de ocupación está bordeando el 60%, que está cerca del mayor nivel de los últimos 10 años, en el 2025 se crearon 25.000 puestos de trabajo y en 2026, hasta julio, llevamos 10.000 puestos extra, en un contexto en el que los salarios reales siguen creciendo, aunque de forma moderada. También tenemos una inflación históricamente baja, con tres años dentro de la meta, y eso hace que los ingresos de los hogares estén teniendo una tendencia alcista. Pero, por otro lado, el 31% de la población se autopercibe pobre, que es casi el doble de lo que muestra la tasa de pobreza objetiva. La autopercepción es superior a lo que objetivamente da la tasa de pobreza, porque influyen factores sociológicos relacionados con la idiosincrasia y el fenómeno de comparación social ascendente, donde todos estamos interconectados. Pero también creo que hay un tema de velocidad que mejora nuestro bienestar. Y esa velocidad es lenta, y hay que atarlo, principalmente, con el problema del crecimiento económico y que en los últimos 10 años arrastramos una tasa acumulativa anual de poco más del 1%.
-Se suele hablar en este punto sobre los problemas estructurales que tiene la economía uruguaya y los desafíos que presenta a la hora de aspirar a un crecimiento del entorno del 2%. ¿Qué hace falta para atender realmente estos aspectos estructurales?
-Para atacar los problemas de crecimiento hay dos enfoques. El primero es el que está orientado a atacar el ciclo, que típicamente viene por las políticas de demanda, pero no es ese el problema que estamos teniendo. Esto es estructural. Estamos teniendo un problema de crecimiento tendencial a baja tasa. Entonces, si queremos atacar ese problema, no debemos hacerlo por el lado de políticas de demanda, ni con una política fiscal ni monetaria expansiva. Lo que hay que hacer es atacar por el lado de la oferta, que es como corresponde hacerlo.
-En ese entendido que usted menciona, ¿por qué Uruguay hoy crece poco?
-Hoy estamos creciendo poco por los factores productivos, que son los que dictan el crecimiento potencial cuando estamos sobre la frontera de posibilidades de producción, y esos factores se están expandiendo muy lentamente. Tenemos, por un lado, al capital humano, que está próximo a un estado estacionario con una población económicamente activa en el orden del 65%. Pero esta es una población que no solo está estancada, sino que también está en proceso de envejecimiento por las dos puntas. Por la mayor esperanza de vida, pero también por la menor natalidad y nada hace pensar que esta tendencia demográfica se vaya a revertir. Se habla mucho de la oportunidad de expandir el crecimiento potencial a través de ganancias en productividad, y en particular de la mano de un shock formidable de mano de obra que estaríamos asistiendo con la revolución de la IA. Pero también habrá que esperar a ver cómo se dilucida eso, porque los impactos no son inmediatos y, además, la ganancia productiva se puede ver a través de una mayor producción con igual número de horas trabajadas, o una igual producción con menor número de horas trabajadas. Esas son las dos manifestaciones que puede tener un shock de productividad. Habrá que ver por qué lado se decanta. Puede que la ganancia en productividad se compense con una mayor disponibilidad de tiempo para destinar al ocio, y eso no necesariamente tiene por qué volcarse en un boom productivo.
-¿Qué lugar ocupan en este punto los niveles actuales de inversión? Actualmente la tasa de inversión sobre el PIB está en el entorno del 16%. Gabriel Oddone se ha referido a la necesidad de llevar ese número al 20%.
-Es el principal problema que tenemos y que nos impide crecer a mayor velocidad. Alcanza para cubrir la depreciación de capital, pero sin mayor margen para acumular capital en términos netos, que es lo que realmente se necesita para crecer. Hoy ese 20% de tasa de inversión se parece más a una quimera, que en su momento marcó Oddone como aspiración, porque el problema no es solamente aumentar la tasa de inversión, que ya de por sí es un gran problema, sino que hay que hacerlo de manera estructural. Las pocas veces que hubo un aumento importante de la tasa de inversión en los últimos años fue asociado a proyectos bien puntuales, como las plantas de celulosa o la instalación del parque eólico nacional. Ahora estamos prendiendo velas para que se resuelva el megaproyecto de hidrógeno verde en Paysandú.
-Es una inversión que puede mover la aguja, pero, ¿no es seguir tapando el problema estructural y que esa tasa de inversión crezca dependiendo de las grandes inversiones que se puedan radicar en el país?
-Va a mover la aguja, pero debemos procurar no tener todos los huevos en la canasta de un único megaproyecto para aumentar la inversión. Debemos poder generar las condiciones para que haya una corriente de inversiones a nivel transversal en todos los sectores de la economía.
-¿Y cómo se logra eso?
-Ese es el gran tema. Todo inversor, cuando elabora un plan de negocios, pone el foco en el riesgo y en el retorno. En materia de riesgos, Uruguay está bien posicionado y gozamos de grandes ventajas, pero el problema está en la rentabilidad. Hoy en día los retornos de los proyectos de inversión en el país son justos y eso es porque, entre otras cosas, Uruguay tiene costos operativos elevados. Entonces, para poder mejorar el clima de inversión y atraer y seducir más a los inversores, necesitamos generar condiciones para que la rentabilidad esperada de esas inversiones mejore.
Para cumplir proyecciones del déficit “se deben cumplir proyecciones de crecimiento”
-Las proyecciones que realizó el MEF para el déficit fiscal muestran una trayectoria que tiende a disminuirse al final de este quinquenio. ¿Es posible en este contexto, y teniendo en cuenta que el déficit históricamente suele aumentar de cara al final de cada período?
-El déficit fiscal primario en Uruguay se empezó a deteriorar en 2014 y 2015, que es cuando culminó el superciclo de commodities. En los últimos 10 años el crecimiento se ralentizó y el déficit aumentó, porque el déficit fiscal primario aumentó. Antes teníamos superávit fiscal primario, y a partir de ese momento empezamos a tener déficit fiscal primario. Desde entonces, los gobiernos, en las leyes de presupuesto, proyectaron que al final del período de gobierno el déficit se iba a eliminar y el quinquenio iba a culminar con 0% de déficit primario. Este gobierno tiene la misma proyección y apunta a eliminar el déficit fiscal primario para el cierre del período. Eso implica un ajuste de 1,5% puntos del producto, que es la magnitud del déficit primario actual. Lo pretenden lograr a través de un aumento de ingresos por la recaudación de nuevos impuestos y menores exoneraciones por compras de vehículos eléctricos, y lo combinaría con una disminución del gasto primario, asociado a mejoras en la gestión del gasto. Para que se cumpla en las magnitudes previstas, es que se deben cumplir las proyecciones de crecimiento. Si el crecimiento es menor al previsto, el gasto primario con relación al producto no se va a cumplir según lo proyectado.